Olor a siega


La vida de pueblo trae las hojas del calendario personalizadas con olores propios.
El amanecer huele al azufre de las viñas y una ligera capa de amarillo viste la mesa del jardín esta mañana. 
Y a pesar del olor y del calor asfixiante no pienso en las amenazantes calderas de Pedro Botero ni en su infierno, sino en los lujuriosos racimos y los mostos burbujeantes que se están engendrando en cada cepa.
Las cosechadoras se dejan perseguir por los tractores y levantan una cortina de polvo en su carrera. 
Paja seca, rastrojeras y algún que otro pastor de los que aún salen al campo con las ovejas.
Huele a verano.
Huele ya a ferias, a fiestas y verbenas.
Por eso hoy para comer, sobre el mantel de cuadros, habrá pan, habrá vino y olor a siega.

La memoria del sabor

Es mojarla en el café y abrir de golpe el álbum de los recuerdos plasmados en la comida. 
La magdalena es Tere, mi suegra. Es como si la estuviera viendo colocar los huevos caseros junto con el resto de los ingredientes para ir al horno y volver cargada con la cesta de mimbre rebosando dulces. 
Tere aparece con los rellenos del cocido y la ensaladilla rusa. Con los platos que nos esperaban sobre la camilla, cubiertos de paños de cocina, listos para que matáramos el hambre al volver de fiesta en la madrugada. 
A mi tía Conchita, que era tan buena cocinera y tan golosa, me la traen natillas, flanes y arroz con leche, siempre y cuando hayamos terminado con sus deliciosos huevos rellenos, bañados en bechamel y rebozados, o el consabido bacalao al ajo arriero de los viernes. 
Mi tía Angelines y mi tía Maruja vienen del brazo cada vez que veo una torta de coscarón, aunque no la hicieran ellas y fuera mi madre quien se la llevara en sus visitas…
Cuando he empezado a escribir esta mañana me he dado cuenta enseguida de que esto no cabe aquí, es un menú demasiado largo, toda una enciclopedia de cocina: habrá que tomarlo de momento como un aperitivo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os animo a refrescar la memoria de la herencia culinaria que nos dejaron los que amamos, aquellos a los que siempre que recordamos nos dejan un buen sabor de boca.


Tere aparece con los rellenos del cocido y la ensaladilla rusa. Con los platos que nos esperaban sobre la camilla, cubiertos de paños de cocina, listos para que matáramos el hambre al volver de fiesta en la madrugada. 
A mi tía Conchita, que era tan buena cocinera y tan golosa, me la traen natillas, flanes y arroz con leche, siempre y cuando hayamos terminado con sus deliciosos huevos rellenos, bañados en bechamel y rebozados, o el consabido bacalao al ajo arriero de los viernes. 
Mi tía Angelines y mi tía Maruja vienen del brazo cada vez que veo una torta de coscarón, aunque no la hicieran ellas y fuera mi madre quien se la llevara en sus visitas…
Cuando he empezado a escribir esta mañana me he dado cuenta enseguida de que esto no cabe aquí, es un menú demasiado largo, toda una enciclopedia de cocina: habrá que tomarlo de momento como un aperitivo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os animo a refrescar la memoria de la herencia culinaria que nos dejaron los que amamos, aquellos a los que siempre que recordamos nos dejan un buen sabor de boca.

Los placeres ajenos


¡Ay, si los egoístas supieran lo que se pierden…!
Pero los del puño cerrado, los tacaños, no saben abrir ni la mano, ni el corazón, ni la mente: por miedo a que se les escape algo, nada entra.
Y no hablo de caridad, esa lavativa que algunos utilizan para aligerar la mala conciencia.
Ni de favores, que siempre son préstamos usureros, cadenas que coartan a quien los hace y a quien los debe.
Hablo de generosidad, sin más, anónima, río sin retorno.
Alegrarse porque otros disfruten lo que tú no puedes y facilitar en la medida de lo posible que así sea, empujando el carro si se atasca, quitándote del medio si es preciso. 
Ver crecer, aprender, construir. Ver luchar. Ver subir. Reconocer que son mejores, que saben más que tú o saben otras cosas. Enseñar sin que se den cuenta. Dar lo que guardas para que no se apolille. Reír con ellos aunque en ese momento los recuerdos te rasguen el alma.
A veces ni siquiera necesitas allanar el camino, bastará con no ponerles palos en las ruedas.
No son ciertos los tópicos, los usamos de coartada: no tenemos por qué volvernos egoístas con los años y la experiencia.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, me alegro por los placeres ajenos que me salpican contagiándome con esperanza y ganas de vivir.

¿Domingo o Lunes?

Dice Frank que pasemos a escribiros los lunes y yo le hago caso. 
Los domingos son un día tonto que nunca sabes por donde va a salir. A ninguno de los dos nos gustan mucho, si acaso el rato del vermú en el pueblo o la calma de las calles medio dormidas en las mañanas de ciudad..
Y aunque tu semana laboral no concuerde con el resto y los días en rojo para tí supongan más trabajo, pese a que tus horarios sean anárquicos y lo de las ocho horas te parezca una utopía, el domingo sigue vestido de domingo reflejado en los demás, sigue trayendo olores de infancia, cambios de ropa, de ritmo y de gente.
El lunes ya es otra cosa: una puerta que se abre a otras, el principio de un pasillo, una caja de sorpresas, un reto. 
Claro que nos esperan los problemas que dejamos aparcados, las tareas pendientes, las citas ineludibles y poco deseadas. 
No hay milagros… ¿o puede que sí? 
Los lunes son el lazo del que tiramos para abrir los días que tenemos por delante y vivirlos, vivirlos sin dejarlos pasar.

Los Inoportunos


Existen los amigos de verdad, los amigos de facebook, que pueden coincidir o no con los primeros, y un tercer grupo que podríamos llamar conocidos, un grupo formado por gente que general y paradójicamente desconocemos más allá de encuentros profesionales o sociales, gente que va y viene de nuestra vida según sople el viento.
Dependiendo de el campo en el que te muevas, y si eres o no de mucho salir, la vista se va cargando desmedidamente de esos conocidos, algunos de ellos tan molestos como moscas en la siesta. Y digo esto de los que no dan señales de vida hasta el momento más inoportuno.
Son los que llevan años sin preocuparse de ti, hacerte una llamada o mandarte siquiera un mensaje grupal navideño; pero aparecen interrumpiendo una conversación interesante, o mientras llevas la cuchara del plato a la boca, o estás arropada entre risas, o levantando la copa para hacer un brindis, o a puntito de fundirte en un abrazo.
Llegan y, con cara de preocupación, te preguntan qué es de tu vida, qué es lo que estás haciendo ahora, cómo está tu marido o cómo le va a tu antigua empresa. Te preguntan con una urgencia y poniendo un énfasis como si les fuera la vida en ello, como si de verdad les importara, como si tu les importaras.
Da mucho gusto cuando lo que ellos piensen, digan o crean a ti ya no te importa nada. Y ellos tampoco.

Catas de Jerez


Después de una semana de dar vacaciones a las redes, abro la ventana que da al sur y me llega un aroma intenso, tan identificable como complejo.
Las notas de salida son un castillo de fuegos artificiales que despiertan los sentidos, que resaltan y se disipan con fluidez.
Corazón. Mucho corazón.
Manzanilla, ortiguillas, camarones, Palo Cortado, unos toques de mar y un retrogusto largo a “québienmesabe” con matices intensos de “québienmesienta”.
Notas de fondo muy francas y persistentes.
Sí, así podría resumir las catas.
Feliz de formar parte de un grupo variopinto en el que todo encaja que ni pintado. 
Feliz de que haya sensaciones y sentimientos que te puedas traer embotellados. Y abrirlos luego, más tarde, para poder recordar o compartirlos con quien no ha estado.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, no tengo esa triste añoranza por estar de vuelta, de haber terminado otro viaje, sino la ilusión de estar abriendo el mapa para preparar el siguiente y meditarlo con una copa de brandy en la mano.

El armario


Con el instituto dejé de tener algunas asignaturas pendientes. Y no porque mejorara adecuadamente. Abandoné, se me olvidaron, las perdí.
Hay por aquí quien compartió conmigo residencia, habitación y descubrir al volver de clase el contenido del armario sobre la cama, castigado por su falta de orden.
He de decir que gracias al aprendizaje de entonces, cuando lo coloco me queda perfecto…, más o menos la primera semana. A partir de ahí las prendas vuelven a tomar la iniciativa y a quedarse en el primer sitio que pillan, a esconderse cuando las necesito, a desdoblarse y a menguar.
Total, que llega un momento en el que las puertas amenazan con reventar y el tiempo preciso para buscar algo se vuelve intolerable hasta para mí. Tampoco es que mayo haya ayudado mucho, porque podía habernos dejado liberar alguna estantería y mandar su contenido a esos baúles en los que almacenamos las prendas que esperamos que crezcan para la próxima temporada.
En fin, que esta semana me he decidido (porque ya no me quedaba otro remedio) y he despedido sin pena una montonera de vestuario del que ni siquiera me acordaba en muchos casos. En otros sí, pero de eso hablaremos otro día.
Hoy he desalojado, a partir de mañana vamos a ver si se elegir con que llenarlo.

Los viejos comercios

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Mientras las franquicias visten de uniforme las ciudades, el pequeño comercio cuenta historias, las transporta a bordo contra viento y marea como un viejo barco con un experimentado capitán.
Osados escaparates con nombres que todos saben leer. Apellidos incrustados en la memoria que nos llevan a acordarnos del abuelo, de nuestras propias raíces, de nuestras primeras compras.
Algunas tiendas se renuevan, se pintan, se arreglan, siguen saliendo coquetas a levantar la persiana cada mañana, unos días con más ímpetu, otros perezosas o cansadas, siempre con una píldora de esperanza como complejo vitamínico. Vamos, lo mismito que hago yo.
Otras simplemente esperan su fin con resignación. Van dejando pasar los días que quedan hasta jubilarse sabiendo que ya nadie espera para coger el relevo.
Me gusta callejear encontrándome estas perlas cada vez más raras porque guardan en ellas pedacitos de mí.O podrían hacerlo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, saco de la memoria aquellos comercios que llevan consigo la primeriza ilusión de comprar, la confianza del sitio de siempre, la personalidad, el carácter, incluso el mal carácter…las historias pequeñas, las nuestras,

Localismos populistas


No es la primera vez y no será la última. Sin embargo, y puede que afortunadamente, sigue sorprendiéndome el fervor localista de algunos con algunas cosas, no con todo.
El caso es que hace un par de días, un político conocido que comía en la mesa de al lado me recriminó por estar bebiendo un vino que no era de “mi zona” mientras él daba buena cuenta de una merluza que creo que no se había pescado en el Duero.
Llevo veinticinco años ligada profesionalmente al mundo del vino, he dirigido una bodega, he sido vocal de un Consejo Regulador, doy cursos, catas, escribo, traduzco y leo sobre vinos…Me apasionan vino y viña. 
He viajado del uno al otro confín con botellas en la maleta, con maletas que vivían a la entrada de mi casa, sin tregua, como lo siguen haciendo todos los que están ligados a la exportación de sus productos. 
Pertenezco a la Academia de Gastronomía de Castilla y León (soy la ñ 🙂 ), asociación sin ánimo de lucro para la investigación y divulgación de  y la Gastronomía y la Alimentación, que no se podrían entender sin los productos que van y vienen, cruzando espacios y tiempo.
Creo que voy cumpliendo mi cupo de trabajo y amor por la tierra. 
Nuestras provincias no crecen poniendo puertas al campo, ni la valoración de nuestros productos por el desconocimiento de los ajenos. 
(Él pidió un malta con cola, yo un brandy de jerez, a pesar de todo brindamos y se fue tan orondo a seguir con la campaña)

El placer de discutir


Hace tiempo que sólo discuto con quien se lo merece. Y si alguna vez me dejo llevar por un momento de debilidad y trato de razonar con quien no quiere, reacciono con rapidez y requiebro con brusquedad volviendo al redil sin necesidad de ayuda, cambiando de conversación o de garito.
Me encanta discutir. Intercambiar ideas, ponerlas a prueba, viajar por el conocimiento o la experiencia gracias a las palabras de otros. Para eso no vale cualquiera.
Una buena discusión es una gozada. Un entrenamiento cerebral y dialéctico. No querer llegar por llegar a ninguna meta. Disfrutar del viaje. No buscar que haya vencidos.
Por eso me gustan mis amigos (los de verdad). 
Pensamos, sentimos, opinamos y somos distintos, muy distintos; pero hay momentos, momentos importantes, en los que sabemos que nuestras respuestas serán iguales.
Sin embargo, que lo fuéramos nosotros, que fuéramos iguales y compartiéramos gustos y pensamientos únicos, sería extremadamente aburrido.

Discutir: Disipar, resolver. Examinar atenta y particularmente una materia.