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Quesos y besos


Dice Frank que está alucinando con los quesos españoles.
Ayer apareció por sorpresa en casa y en casa hay tres cosas que rara vez faltan en la despensa: pan, vino y queso. Lo demás viene por añadidura, si es que hace falta añadir algo a una merienda o un almuerzo improvisado.
Carlos, que sabe muchísimo más de quesos que yo, le estuvo haciendo un recorrido breve, casi iniciático, que comenzó sobre los que había en la tabla y continúo después sobre los libros , mientras Lara me ponía al día de la nueva vida de Frank en Madrid y lo enamorada que está de mi amigo.
Que sorprenda a los foráneos nuestra riqueza gastronómica no me sorprende, que la desconozcamos nosotros es una pena.
Con la tríada de la que os hablo, cuarteto si unimos un jamón bien elegido, podemos levantar un menú fantástico en cualquier parte, en cualquier momento, sin más. Sin más que una buena compañía.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, reivindico el romanticismo de los quesos, que saben a beso con uvas, sí, pero las uvas transfiguradas son mucho más interesantes y complejas, las tienes a mano todo el año y se conservan divinamente a poco que cuides las botellas. Y una cosa no quita la otra.

Su primera tortilla de patatas


Él dice que nunca la imaginó de ama de casa. Por eso le sorprendió que la primera vez que fueron juntos a su piso entrara directa a la cocina: abrió la nevera y, ni corta ni perezosa, sacó unos huevos, buscó una sartén, unas patatas y se puso a pelar y a batir mientras le mandaba (ella nunca pedía) que abriera una botella de vino y fuera poniendo un par de copas.
Ella dice que, para matar los nervios de su primera vez, no se le ocurrió otra cosa que ocupar las manos. Quién sabe de dónde le vino la loca idea de hacer una tortilla. Ella, que no sabía freír un huevo, se sentía más valiente frente al fuego del gas que al de su mirada.
Hasta entonces, cocina y amor habían sido pura teoría.
Él dice que, viéndola pelear, pensó que la amaba. 
Sí, tenía que ser amor la fiebre que le producía ese continúo pensar en ella, esa desazón de querer verla, buscarla y, con cualquier pretexto, quedarse a su lado. 
Ahora quería lanzarse al infinito y fundir sus vidas para cambiarlas.
También allí se dió cuenta de que nada sería fácil. De que ella nunca sabría seguirle por los caminos trillados.
Ella dice que no recuerda qué pasó con la tortilla (que le quedó horrorosa, por cierto). Recuerda la música que sonaba cuando despertó con un brazo dormido y el otro sobre el tan masculino latir de su pecho. Y sin querer moverse. Sin querer despegarse. 
Él recuerda su mano menuda sujetándole el corazón que se escapaba.
Y que nunca había comido una tortilla con las patatas crudas. Ni tan desestructurada. Ni tan mala.
Ellos dicen que aún se aman. Y que el amor y las tortillas salen mucho mejor con la práctica.

Historias de playback


Dice Frank que, siguiendo con el tema de las letras de la semana pasada, las canciones nos permiten sacar el corazón por la boca y gritar lo que sentimos sin parecer gilipollas (traducción libre de lo que me ha dicho, todavía no domina bien los tacos).
Sea en la ducha, en el coche o preparando la comida, pero preferiblemente en soledad, cantamos los versos que dicen exactamente lo que sentimos, que nos traen a la memoria que no estabas entonces “cuando tanto te necesité”… y ahora me sobras. Encontramos “el calor del amor en un bar” y, ya ves, con el paso del tiempo “sin tí no soy nada”.
No es necesario que las letras sean buenas, pueden ser malas, horteras, repetitivas…pero, en un momento dado, sacan lo mejor o lo peor de nuestros recuerdos. 
¡Cuántos grupos de los que renegamos en público tarareamos en privado!
Esas voces tan hermosas que nos hacían volar la imaginación y soñar que nos susurraban sus palabras al oído.
Latidos revolucionarios, declaraciones de libertad o de principios, protestas coreadas que, visto lo visto, probablemente sirvieron para poco.
No digo yo que la respuesta sea “sólo música y amor”, pero tampoco “está en el viento” y un recorrido por las letras de nuestra vida dice mucho de “cómo hemos cambiado”… Y también lo ha hecho el mundo en el que estamos.

Volver a ser un niño

Dice Frank que le encanta esta canción de los Secretos.
Le regalé hace tiempo una recopilación de grupos que cantan en español, me gustan y a él le sirven para ir mejorando su nivel de idioma (y su comprensión de mi generación) sin demasiado esfuerzo.
Hay letras, como ésta, que van gustándonos más a medida que vivimos, que hemos vivido lo que dicen, que entendemos lo que cuentan.
Canciones que nos acompañan decada tras decada añadiendo significados nuevos, desnudando palabras ocultas, tocando fibras que se han vuelto sensibles o que antes ni siquiera estaban.
Yo, que soy más de letras que de música, sentí mucho en ese aspecto aprender inglés y que cayeran algunos de los que mitifiqué cuando no les entendía y sólo me llegaba el atractivo de su voz envuelto en mejores o peores melodías.
Me tendría que haber servido para aplicarlo a otras facetas de la vida, ver más allá de lo que parece, desvelar encantadores de serpientes.
Sin embargo la ilusión y las ganas de vivir se mantienen sólo si al mismo tiempo sobrevive una cierta inocencia, esa dosis de curiosidad que nos empuja a seguir descubriendo que aún nos queda mucho por aprender, por querer y por gozar.
Aunque nos caigamos y nos llenemos de solastrones las rodillas, merece la pena volver a ser un poco niño.

¿Domingo o Lunes?

Dice Frank que pasemos a escribiros los lunes y yo le hago caso. 
Los domingos son un día tonto que nunca sabes por donde va a salir. A ninguno de los dos nos gustan mucho, si acaso el rato del vermú en el pueblo o la calma de las calles medio dormidas en las mañanas de ciudad..
Y aunque tu semana laboral no concuerde con el resto y los días en rojo para tí supongan más trabajo, pese a que tus horarios sean anárquicos y lo de las ocho horas te parezca una utopía, el domingo sigue vestido de domingo reflejado en los demás, sigue trayendo olores de infancia, cambios de ropa, de ritmo y de gente.
El lunes ya es otra cosa: una puerta que se abre a otras, el principio de un pasillo, una caja de sorpresas, un reto. 
Claro que nos esperan los problemas que dejamos aparcados, las tareas pendientes, las citas ineludibles y poco deseadas. 
No hay milagros… ¿o puede que sí? 
Los lunes son el lazo del que tiramos para abrir los días que tenemos por delante y vivirlos, vivirlos sin dejarlos pasar.

En frío


Dice Frank que entre el tiempo que le ha absorbido su traslado y la astenia primaveral que tiene mi teclado estamos perdiendo el ritmo de nuestras publicaciones.
Pues sí, la verdad es que abrir el ordenador y ojear la prensa o las redes da un poco de asquito.
Entre tantas necrológicas, falsas noticias, linchamientos precipitados y absoluciones indebidas, una se siente muy, muy desganada. 
Asusta ver como se acaba con vidas y reputaciones sin pestañear. 
Se escriben las descripciones de los delitos sin dar tiempo a contrastar la información, incluso antes de que de tiempo a levantar el cadáver. Especulaciones dañinas para todos los implicados hechas con el único objetivo de contar la noticia primero, aunque haya que desmentirla después.
Repugna la falta de respeto a las víctimas y sus familiares, a los que se utiliza y se avasalla, violando su intimidad y su dolor.
Y luego, ya aparte, hay una segunda lectura en esta forma de tratar la información, una lectura que tiene mucho que ver con la consideración con la que se trata al medio rural y el menosprecio, el desprecio, que aflora en el momento en que la fiebre de dar primicias hace descuidar los detalles: el lenguaje utilizado al contar las noticias cuando quien lo hace olvida ponerse la careta de lo políticamente correcto. Pero esto merece otro capítulo.
En fin, a pesar de todo, tratemos de disfrutar del día lo mejor que podamos y nos dejen.

Cosas que evito (si puedo)


Hoy Frank no dice, pregunta. Y yo le contesto que…
Hay viajes, tareas y personas que me dan mucha pereza.
Algunas discusiones también.
La edad y la experiencia me han enseñado a ahorrarme palabras y malos ratos. Y la experiencia, más que la edad, a saltarme reuniones eternas que no conducen a nada.
He aprendido a escorarme hacia los lados para evitar caminos de babas. (Y hay que ver lo que babean algunos).
Nunca doy explicaciones a quien no importo. Tampoco hago desmentidos a los que me inventan trabajos, aficiones, amigos y vida.
Evito los vinos en los que se invierte más en la botella que en el contenido. Y a los humanos que hacen consigo lo mismo.
Evito a los que desprecian lo que ignoran. Y a los que prejuzgan. Y a los que siempre saben de todo más que nadie, pero no se molestan jamas en contrastarlo.
Evito perder el tiempo con cualquiera, para gastarlo con quien me da la gana.
Y seguiría, pero evito enrollarme con estas cosas para no perderme otras… como salir de pinchos en Morales los domingos por la mañana, por ejemplo.

No nos acostumbramos

Dice Fran que no se acostumbra al placer que produce quedarse remoloneando en la cama un día de fiesta.
Nos parece un milagro ver amanecer, aunque parezcs ñoño, o a que la luna brille sin darse por enterada de lo que nos pase.
No nos acostumbramos a que nos quieran, ni a que nos manden mensajes que nos alegran el día, ni a que haya amigos que nos hacen sentir sus abrazos a distancia.
El amor, para mi, siempre es reciente y huele...¡Ay, qué bien huele!
El amor, para Fran, se fue con ella y cree que aún es temprano para que vuelva.
Mientras, buen sexo, buenos vinos, y buenos alimentos.
La amistad es cálida, nos arropa y nos protege.
La traición, la calumnia y el abandono nos espabilan para que no nos tiente el sueño sobre los laureles
No, no nos acostumbramos ni al bien, ni al mal, ni a la belleza, ni al horror.
Abrimos cada día como un regalo y una caja de sorpresas.
Por eso, cuando nos sacuden el dolor o la barbarie, no levantamos banderitas ni propias ni ajenas: vivimos.
Vivimos, porque ese es nuestro mayor logro y nuestra mejor protesta.
Dicen que a todo se acostumbra uno. Nosotros no somos uno.

Acosados

Dice Fran que su amiga Rose, (¿os acordáis de Rose?), lo está pasando realmente mal en el trabajo. Languidece hasta el punto de estar perdiendo la sonrisa junto con el pelo.
No es que fuera el puesto de su vida, pero hasta ahora lo venía realizando bien, incluso había empezado a tomarle gusto y se había apuntado a un par de cursos para completar su formación en la materia.
Hasta que llegó él, el típico jefe intermedio de una compañía en la que nadie conoce más que a su entorno inmediato. Tratar de buscar una explicación al comportamiento que adoptó contra Rose desde el primer momento sería, además de inútil, como tratar de justificarlo.
Ha hecho de su jornada laboral una tortura a la que asisten como espectadores, bien pasivos o bien echando leña al fuego, los bufones y  cobardes de los cubículos que la rodean.
El acoso que sufre es continúo y difícil de demostrar, es esa gota de agua que va horadando la piedra.
No puede irse sin más, le hace falta el dinero y sería dejar que el otro venciera sin garantizar que el acoso cesara allá donde fuera. Porque los acosadores nunca abandonan.
Fran no sabe qué hacer, ni como ayudar, mientras la ve caer en un pozo cada vez más profundo.
En España esta semana otra niña ha muerto víctima del acoso. Y hay personas que agonizan a diario en su trabajo o en su ocio.
Pensémoslo bien antes de reír las gracias hechas a costa del más débil o el más indefenso.

La vuelta a la rutina

Dice Fran que tiene razón Javier y en mi bienvenida a septiembre del otro día tendría que haber hablado de rutina y no de normalidad.
Acepto la corrección…a medias.
La rutina es la repetición de hábitos sin necesidad de pensarlos demasiado, sin reflexión, de forma mecánica.
Sin embargo lo que más asusta de la vuelta es la obligación de pensar.
Es la vuelta a los problemas que nos exigen resolución y a los que sabemos que no la tienen.
Pero volver también debería ser el desafío del cambio.
Decirnos que este año no vamos a dejar que todo siga lo mismo y dejar de posponer lo que siempre hemos querido llevar a cabo sin hacerlo, aunque nada nos lo impida.
Ya hay demasiadas cosas que no podemos evitar como para dejar que la costumbre nos marque el poco espacio libre que nos queda, ¿no os parece?