Archivos de la categoría Placeres cotidianos

Vosotros y ellos


Hay quien dice que escribiendo se siente un dios porque puede crear su propio universo. No es mi caso.
Los relatos que leeis (y las novelas que aún no leeis) están tejidos con lo vivido. Con lo que escucho, lo que veo y lo que me cuentan. Y muchas veces, aunque no lo sepáis, con vosotros sentados junto al teclado, dictándome.
Me falta tiempo para plasmar todas las historias que quisiera, no necesito inventarlas. 
Hay tantos personajes queriendo salir que, a veces, me veo obligada a mezclar varios para hacer uno. Eso lo reconozco.
Otros son tan intensos que no admiten cambios ni maquillaje y salen tal cual: son los retratos de personas reales a los que me limito a cambiar el nombre y que podéis pensar que son fruto de mi imaginación, quizá porque reúnen cualidades que nos parece mentira encontrar al mismo tiempo en una sola persona.
La realidad supera la ficción, es la pura verdad, así lo creo, así lo he constatado. Para lo bueno y para lo malo. 
Y la realidad, la vuestra o la mía, la de ellos, es, literariamente, lo único que me interesa. 
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os lo dedico a vosotros y a ellos, a todos los que estáis empeñados en llenarme de vivencias y palabras para que no me falte nunca el cotidiano placer de escribir.

Distracciones

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Hace un par de años o tres tenía muy claro lo que ya no quería hacer y me dejaba llevar por el tiempo de reposo necesario para reorganizar prioridades, vocaciones y gustos. Hoy me reafirmo en los noes y los síes, sé perfectamente lo que quiero, pero confieso que me distraigo con facilidad. 
Y es que la vida se volvió rica en opciones. De repente recuperé mis apellidos y podía ver sin ser vista, escuchar, hablar sin medir las palabras, callar cuando no hay ganas de decir nada.
Y distracciones. 
El vuelo de una mosca, una peli, un libro o la llamada de un amigo. Navego por internet de una palabra a un mundo. Descubro restaurantes que están a un paso… o un poco más lejos. Me embobo con paisajes vecinos y recónditos. O me quedo en casa recorriendo los países y los siglos. 
Traduzco. Investigo, Aprendo. Enseño.
Salto provincias. Descubro vinos, los comparto, los bebo.
Y las semanas vuelan. Y las siguientes están llenas de proyectos, de citas, de ilusión y de ganas.
No tengo tiempo para tí.
Pero para vosotros sí.

La memoria del sabor

Es mojarla en el café y abrir de golpe el álbum de los recuerdos plasmados en la comida. 
La magdalena es Tere, mi suegra. Es como si la estuviera viendo colocar los huevos caseros junto con el resto de los ingredientes para ir al horno y volver cargada con la cesta de mimbre rebosando dulces. 
Tere aparece con los rellenos del cocido y la ensaladilla rusa. Con los platos que nos esperaban sobre la camilla, cubiertos de paños de cocina, listos para que matáramos el hambre al volver de fiesta en la madrugada. 
A mi tía Conchita, que era tan buena cocinera y tan golosa, me la traen natillas, flanes y arroz con leche, siempre y cuando hayamos terminado con sus deliciosos huevos rellenos, bañados en bechamel y rebozados, o el consabido bacalao al ajo arriero de los viernes. 
Mi tía Angelines y mi tía Maruja vienen del brazo cada vez que veo una torta de coscarón, aunque no la hicieran ellas y fuera mi madre quien se la llevara en sus visitas…
Cuando he empezado a escribir esta mañana me he dado cuenta enseguida de que esto no cabe aquí, es un menú demasiado largo, toda una enciclopedia de cocina: habrá que tomarlo de momento como un aperitivo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os animo a refrescar la memoria de la herencia culinaria que nos dejaron los que amamos, aquellos a los que siempre que recordamos nos dejan un buen sabor de boca.


Tere aparece con los rellenos del cocido y la ensaladilla rusa. Con los platos que nos esperaban sobre la camilla, cubiertos de paños de cocina, listos para que matáramos el hambre al volver de fiesta en la madrugada. 
A mi tía Conchita, que era tan buena cocinera y tan golosa, me la traen natillas, flanes y arroz con leche, siempre y cuando hayamos terminado con sus deliciosos huevos rellenos, bañados en bechamel y rebozados, o el consabido bacalao al ajo arriero de los viernes. 
Mi tía Angelines y mi tía Maruja vienen del brazo cada vez que veo una torta de coscarón, aunque no la hicieran ellas y fuera mi madre quien se la llevara en sus visitas…
Cuando he empezado a escribir esta mañana me he dado cuenta enseguida de que esto no cabe aquí, es un menú demasiado largo, toda una enciclopedia de cocina: habrá que tomarlo de momento como un aperitivo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os animo a refrescar la memoria de la herencia culinaria que nos dejaron los que amamos, aquellos a los que siempre que recordamos nos dejan un buen sabor de boca.

Los placeres ajenos


¡Ay, si los egoístas supieran lo que se pierden…!
Pero los del puño cerrado, los tacaños, no saben abrir ni la mano, ni el corazón, ni la mente: por miedo a que se les escape algo, nada entra.
Y no hablo de caridad, esa lavativa que algunos utilizan para aligerar la mala conciencia.
Ni de favores, que siempre son préstamos usureros, cadenas que coartan a quien los hace y a quien los debe.
Hablo de generosidad, sin más, anónima, río sin retorno.
Alegrarse porque otros disfruten lo que tú no puedes y facilitar en la medida de lo posible que así sea, empujando el carro si se atasca, quitándote del medio si es preciso. 
Ver crecer, aprender, construir. Ver luchar. Ver subir. Reconocer que son mejores, que saben más que tú o saben otras cosas. Enseñar sin que se den cuenta. Dar lo que guardas para que no se apolille. Reír con ellos aunque en ese momento los recuerdos te rasguen el alma.
A veces ni siquiera necesitas allanar el camino, bastará con no ponerles palos en las ruedas.
No son ciertos los tópicos, los usamos de coartada: no tenemos por qué volvernos egoístas con los años y la experiencia.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, me alegro por los placeres ajenos que me salpican contagiándome con esperanza y ganas de vivir.

Catas de Jerez


Después de una semana de dar vacaciones a las redes, abro la ventana que da al sur y me llega un aroma intenso, tan identificable como complejo.
Las notas de salida son un castillo de fuegos artificiales que despiertan los sentidos, que resaltan y se disipan con fluidez.
Corazón. Mucho corazón.
Manzanilla, ortiguillas, camarones, Palo Cortado, unos toques de mar y un retrogusto largo a “québienmesabe” con matices intensos de “québienmesienta”.
Notas de fondo muy francas y persistentes.
Sí, así podría resumir las catas.
Feliz de formar parte de un grupo variopinto en el que todo encaja que ni pintado. 
Feliz de que haya sensaciones y sentimientos que te puedas traer embotellados. Y abrirlos luego, más tarde, para poder recordar o compartirlos con quien no ha estado.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, no tengo esa triste añoranza por estar de vuelta, de haber terminado otro viaje, sino la ilusión de estar abriendo el mapa para preparar el siguiente y meditarlo con una copa de brandy en la mano.

Los viejos comercios

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Mientras las franquicias visten de uniforme las ciudades, el pequeño comercio cuenta historias, las transporta a bordo contra viento y marea como un viejo barco con un experimentado capitán.
Osados escaparates con nombres que todos saben leer. Apellidos incrustados en la memoria que nos llevan a acordarnos del abuelo, de nuestras propias raíces, de nuestras primeras compras.
Algunas tiendas se renuevan, se pintan, se arreglan, siguen saliendo coquetas a levantar la persiana cada mañana, unos días con más ímpetu, otros perezosas o cansadas, siempre con una píldora de esperanza como complejo vitamínico. Vamos, lo mismito que hago yo.
Otras simplemente esperan su fin con resignación. Van dejando pasar los días que quedan hasta jubilarse sabiendo que ya nadie espera para coger el relevo.
Me gusta callejear encontrándome estas perlas cada vez más raras porque guardan en ellas pedacitos de mí.O podrían hacerlo.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, saco de la memoria aquellos comercios que llevan consigo la primeriza ilusión de comprar, la confianza del sitio de siempre, la personalidad, el carácter, incluso el mal carácter…las historias pequeñas, las nuestras,

El placer de discutir


Hace tiempo que sólo discuto con quien se lo merece. Y si alguna vez me dejo llevar por un momento de debilidad y trato de razonar con quien no quiere, reacciono con rapidez y requiebro con brusquedad volviendo al redil sin necesidad de ayuda, cambiando de conversación o de garito.
Me encanta discutir. Intercambiar ideas, ponerlas a prueba, viajar por el conocimiento o la experiencia gracias a las palabras de otros. Para eso no vale cualquiera.
Una buena discusión es una gozada. Un entrenamiento cerebral y dialéctico. No querer llegar por llegar a ninguna meta. Disfrutar del viaje. No buscar que haya vencidos.
Por eso me gustan mis amigos (los de verdad). 
Pensamos, sentimos, opinamos y somos distintos, muy distintos; pero hay momentos, momentos importantes, en los que sabemos que nuestras respuestas serán iguales.
Sin embargo, que lo fuéramos nosotros, que fuéramos iguales y compartiéramos gustos y pensamientos únicos, sería extremadamente aburrido.

Discutir: Disipar, resolver. Examinar atenta y particularmente una materia.

Responderte

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Voy a contestarte en público a tus comentarios privados sobre mí…, pero, claro, no a mí. A mí no me lo dices, ni aquí ni en la calle.
Yo sí te voy a contestar, ya ves.
Sí, escribo en esta red que tu denostas pero lees a diario, aunque te cuides muy mucho de no dejar rastro.
Sí, lo hago porque quiero y sí podría hacerlo en otros medios, pero no sería igual ni disfrutaría lo mismo. 
Sí, escribo para que me lean y, es más, para que algunos me contesten y comenten aquí mismo, o lo hagan más tarde cuando nos vemos. O se distraigan cinco minutos. O les recuerde algo. O piensen que no están de acuerdo conmigo y defiendan lo contrario.
Sí, para mí esta columna es tan seria como si saliera publicada en un periódico (o más, dependiendo del periódico que fuera ) y la escribo con mucho respeto por los que van a leerla, cuido el lenguaje y la ortografía, cuido los temas y las palabras.
Sí, tengo razones por las que no la cambiaría. Muchas. 
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, te contesto aquí porque sé que estás ahí, leyendo. 
Resumiendo, para que lo sepas: me interesan más los que leen que dónde escribo.
Y, por encima de todo, lo hago porque hay amigos lejos pero estas líneas nos unen y porque escribir al viento es como hacerlo para él, que ya no está. 
Escribo porque me gusta. Porque puedo.
Por eso.

Sin foto


Los mejores momentos que he vivido no están plasmados en ninguna foto. Lo están en mi memoria y como viejos daguerrotipos van ganando con la pátina del tiempo: no se difuminan en absoluto los sentimientos más profundos que reflejan, unicamente se suavizan las lineas menos importantes para dejar la esencia de lo que quiere guardar el corazón.
Las fotos de mis mejores momentos son imposibles. 
Ese beso interminable en el que nos fundimos hasta que no hubo ni tu ni yo. Esas risas tontas e inagotables que nadie sabe como empezaron. Las lágrimas que ruedan al mirar emocionados. El orgullo por los que amas. La boca abierta por la sorpresa o la admiración. La ilusión al recibir una llamada. Los reencuentros. Los abrazos que te sujetan. Los amigos que no dejan que te caigas.
Los placeres compartidos.
Las otras fotos, las reales, son vehículos conductores del tiempo que nos trasladan al momento previo o al posterior. Traen recuerdos, recordatorios. Si acaso nos dan un cabo para desenredar la madeja de la memoria.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, al quedarme con la mirada perdida viendo alborotar los pájaros, huelen las lilas a rocío y a mayo, Vera sueña plácidamente sus sueños perrunos, noto tu presencia leyendo a mi espalda…Y sé que no hay cámara capaz de captar todo esto.

Efemérides


Facebook me recuerda que hoy se cumplen nueve años de la creación de mi perfil. Mira, yo ni me acordaba de que había pasado tanto tiempo.
Curiosamente esta mañana, y antes de abrir el ordenador, sí me he acordado de que de que con esta sección tan placentera llevamos ya casi seis años. Algunos desde el principio, otros sois recién llegados. 
¿Os dais cuenta? ¡son muchos miércoles compartidos!
Repasando entre los títulos de mi biblioteca emocional para elegir el tema de hoy me acordaba también de cosas que me causaban placer y ya no hago, aunque podría, que simplemente están ahí aparcadas, quizá para siempre, quizá hasta la próxima semana.
También me acuerdo a diario de las sensaciones que ya no volverán nunca, de momentos irrepetibles, de personas ausentes.
Por eso los miércoles, mi día favorito de la semana, me lanzo a crear este inventario infinito de placeres cotidianos para conocer mis prioridades, saber con quién compartirlas, averiguar lo que de verdad merece la pena y que nunca, nunca hay que dejar pendiente si podemos hacerlo. Si la vida nos deja.