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Primera entrega

 

Vera.

Harta de tratar de organizar las fechas de sus vacaciones con alguna de sus amigas, se fue sola. Sola.
Por primera vez en su vida no había tenido que preparar más equipaje que el suyo, ni decidir el destino pensando en el gusto de otros.
No recordaba vacaciones sin su ex, un hombre estupendo, su novio del instituto, el compañero con quien había ido construyendo y descubriendo todo…hasta que él se había enamorado de otra.
Fue una separación sin dramas. No quedaban rastros de pasión y siempre habían sido más amigos que amantes.
Y ahora allí estaba ella, tumbada tranquilamente junto a la piscina del hotel, armada con todo lo necesario para no moverse en toda la mañana, protegida por la coraza de sus gafas de sol e incapaz de centrarse en el libro que estaba leyendo.

La piscina

De repente la piscina parecía mucho más pequeña. Ver como se movía ese cuerpo, hermoso y salvaje, era como ver nadar a un tiburón metido en un acuario casero.
Vera abandonó definitivamente el libro.
¿Era de verdad?
Una mirada cómplice con la pareja gay que estaba a su lado confirmó que ese hombre no era un espejismo causado por la larga abstinencia y un exceso de películas de los hermanos Hemsworth.
Así que se relajó, enganchó los ojos en los poderosos hombros y dejó que entraran y salieran del agua al suave e inexorable ritmo que marcaba el crol de sus brazos.
Sí, Vera estaba nadando con él sin haberse movido de la hamaca.
Por fin él se decidió a salir y ella apartó la vista con un ataque de inoportuno pudor, perdiéndose el aura de chispitas brillantes que le rodeó mientras sacudía la cabeza, antes de pasarse las manos por el pelo a modo de peine.
Sin embargo no se perdió el espectáculo de la toalla mojada dibujándole las caderas mientras desaparecía en el interior del hotel.

¿Qué me pongo?

Vera iba a salir a cenar con Bruno y Ray, sus nuevos amigos de la piscina, y se encontró meditando frente al armario.
¡Esas cosas nunca le pasaban a ella!
Gracias a la genética y al gimnasio no tenía problemas de talla y se gastaba una considerable cantidad de dinero cada vez que iba de compras. Gestionaba su armario como su agenda, de forma totalmente eficiente, sin huecos ni tiempos perdidos; pero de pronto se dio cuenta de que tenía ropa para vestirse interpretando cualquiera de los papeles en los que se había encasillado durante años: hija, amiga, esposa, profesional de éxito…
Amaba profundamente todos ellos, incluso como esposa había sido muy feliz mientras duró, pero, ¿dónde se había quedado ella?, ¿en qué momento se olvidó de ser mujer?

Dylan

Se despertó sobresaltado y tanteó la mesilla buscando el móvil para acallar la maldita alarma.
Se había acostado temprano, pero se había dormido muy tarde.
No era fácil conciliar el sueño con la impresión de que todo el mundo estaba por ahí de fiesta, menos algún imbécil, como él, alojado en un hotel de vacaciones por razones de trabajo. Anoche, al volver de una cena de negocios especialmente aburrida, se sintió como un salmón nadando contracorriente.
Para colmo, se cruzó con la morena de pelo largo y largas piernas saliendo del ascensor que él esperaba. La de la piscina.
Estaba preciosa envuelta en algo parecido a una túnica de seda azul cobalto sujeta únicamente sobre un  hombro con un broche que pedía a gritos ser soltado. Cuando se abrieron las puertas estaba absorta buscando algo en su bolso de mano. Notó su sobresaltó al verlo y también como se rehacía rápidamente para saludar con un ligero y educado movimiento de cabeza.
¡Vaya ojos!
Hasta ese momento las gafas de sol que parecía llevar de forma permanente se los habían ocultado.
Las puertas volvieron a cerrarse mientras la veía dirigirse taconeando hacia el bar.
Y él, por su parte, se encontró atrapado y solo en el ascensor,  obligado a ir respirando el sugerente rastro que había dejado ella con su perfume, pensando lo mucho que le gustaría tenerla allí  acompañándole en su camino a la cama.

Segunda entrega

Fue una amistad a primera vista
Puede que fuera el espíritu de las vacaciones, o su momento vital, o, simplemente, que no había quien se resistiera al encanto de Lucho y Ray.
Vera cayó confiada en la red que le tendieron estos dos desconocidos para evitar que se diera de bruces con la soledad.
Luego supo que ellos eran así, que no podían evitar recoger cualquier ser abandonado que encontraban a su paso.
Si les gustaba, claro. Ambos habían tenido que enfrentarse a mundos que no estaban preparados para aceptarlos. Y en el caso de Ray había sido especialmente duro.
Aunque eran más o menos de la misma edad que Vera, era evidente que sus años no habían durado lo mismo.


La vida de Vera, hasta el divorcio, había sido la de un coche por un Scalextric: todas las dificultades venían dadas por un obligado circuito del que conocía de antemano las curvas y los cambios de rasante, pero su velocidad siempre venía marcada por otros. 

No tuvo ni las dudas, ni las emociones propias de la adolescencia o de la primera juventud.

A Raúl, su marido, le conocía desde siempre porque sus familias eran amigas y vecinas. Habían crecido juntos, compartiendo costumbres. Su primer beso fue tan natural y tan obligado como su primera regla. No hubo otros novios, nunca hubo dudas, ni el más mínimo brote de rebeldía juvenil para enfrentarse a lo establecido.

No compartió con sus compañeros de universidad la emoción de la incertidumbre de los primeros amores, ni los temores que sentían ante  futuro profesional incierto. Ella ya tenía su puesto esperándola y ni siquiera se había planteado elegir otra carrera que no fuera la que ya ejercía su padre, la que había ejercido su abuelo.

Se casó al terminar la universidad. Todo a su tiempo, todo tal y como se esperaba que hiciera.

Y probablemente hubiera seguido así si Raúl no le hubiera confesado que se había enamorado de otra y quería el divorcio.

A Raúl si le afectó la universidad y posteriormente el ejercicio de su profesión: él había ido creciendo mientras ella simplemente se había dejado llevar. Y, gracias a él, gracias a esa última decisión que tomó por ella, se había roto el cascarón que le había impedido hasta entonces extender sus alas.

De mutuo acuerdo, él se quedó con la casa que sus suegros les habían comprado como regalo de boda y que a Vera nunca le había gustado especialmente.

Y ya llevaban así más de un año sin que hubiera habido ningún problema. De hecho Raúl era su confidente y su mejor amigo como lo había sido siempre, sólo que ahora ambos lo sabían.

Vera corría esta nueva etapa sin ninguna guía. Afortunadamente ser tan buena en su trabajo  le servía de toma de corriente, la cargaba de energía para enfrentarse al día a día y  le proporcionaba dinero más que suficiente para mantener su nivel de vida y su autonomía.
Sin embargo, durante los últimos meses, la sensación de estar bajando a toda velocidad por una cuesta no había dejado su estómago… hasta salir disparada como una bola en forma de risas durante la primera cena con sus nuevos amigos.
Y esa otra sensación, casi olvidada, de desear y sentirse deseada no había vuelto hasta cruzarse en el ascensor con Dylan.

Tormenta de verano
Las tiendas habían ido cerrando mientras callejeaba absorta, disfrutando de la tarde de compras, haciendo fotos a rincones y fachadas, ejerciendo de turista aplicada.
Puede que el cielo le hubiera mandado algún aviso previo, pero no lo vio y cuando se quiso dar cuenta jarreaba con fuerza.
Trató, sin éxito, de localizar un sitio donde refugiarse. La lluvia apenas le dejaba ver más que portales cerrados y establecimientos con las persianas bajadas.
Completamente desorientada, decidió seguir las calles cuesta abajo buscando el paseo marítimo, donde recordaba haber visto varias cafeterías.
Corrió cubriéndose a medias con una de las bolsas, resbaló y cayó. 
¡Sólo le faltaba romperse algo!
Se levantó, sin mayores daños que haberse puesto hecha un cromo y continúo ya con más calma, porque total…  
Por fin llegó a buen puerto, nunca mejor dicho, al mismo tiempo que dejaba de llover tan bruscamente como había comenzado.
Entró en el primer sitio que vio, directa al baño para tratar de arreglar un poco el desaguisado. La imagen que le devolvió el espejo era penosa.
Después de secarse a base toallas de papel, a falta de un secador de manos que quitara parte de la humedad de su vestido, se rindió a la evidencia de que no podía hacer nada más para mejorar su aspecto, se consoló pensando que allí no la conocía nadie y salió tomar un café calentito.
Y allí, sentado con otras tres personas, estaba él.
Impecable, guapísimo…¡Y la había visto! ¡Tenía los ojos clavados en ella!
Le vio pedir disculpas a sus acompañantes y levantarse de la mesa sin dejar de mirarla.
Avanzó hacia ella mientras se quitaba la americana con la que la envolvió al llegar a su lado.
— Yo no puedo acompañarte, mi chaqueta sí. Ya me la devolverás mañana… Por cierto, me llamo Dylan.

Malos comienzos
—¿Y…?—preguntaron a dúo Lucho y Ray
—Y nada —contestó Vera —. Me quedé allí plantada, patética y desaliñada, viendo como él volvía a su mesa y continuaba con su conversación interrumpida, como si nada. Cuando reaccioné, ya ni siquiera me detuve a tomar el café, salí pitando a buscar un taxi y os llamé por teléfono para quedar, tomar una copa y que me mimarais un poquito.
Bruno interrumpió a Vera y comenzó a enumerar todas las razones por las que tendría que estar encantada y no compadeciéndose de sí misma. Dylan, para empezar ahora ya sabemos que se llama Dylan, la había reconocido,  incluso hecha un asquito, se había preocupado por ella y había interrumpido su reunión para prestarle una chaqueta que, al mismo tiempo, suponía una invitación a volver a verse y…
—Y no hay más que verlo caminar para saber que es un macho alfa —continuó Ray— y a ellos les encantan las damas en apuros. Esto promete, y lo sabes, así que no seas quejica, que no te pega nada. Mal comienzo el que tuvimos nosotros y aquí nos tienes cinco años después. Fue tan malo que Lucho se pasó dos semanas en el hospital: le atropellé con mi moto cuando él cruzaba la calle por donde no debía y hablando por el móvil. Y, para colmo, era su primer día de vacaciones de verano.

Ellos las prefieren rubias

Vera no hizo caso a sus amigos y entregó la chaqueta de Dylan en recepción junto con una nota de agradecimiento escrita en una tarjeta del hotel y no en una propia. Seguía pensando que no quería complicaciones.
Los últimos dos días parecía habérselo tragado la tierra, no lo habían vuelto a ver y eso era bastante difícil en el pequeño universo de su lugar de vacaciones. Sin embargo sabía que seguía allí, como le había confirmado la recepcionista babeando:
—¡Oh, sí, Mr. Wilder! No se preocupe, se la entregaré en cuanto vuelva, se ha ausentado un par de días, pero aún permanecerá con nosotros hasta fin de mes.


Y había vuelto. Esa misma noche lo vio salir de un restaurante acompañando a una rubia que parecía haberse escapado del catálogo de Victoria’s Secret para ponerse encima un vestido de fiesta y rodar un anuncio de perfume. Con él, que a su vez parecía que acababa de rodar algún spot de perfume.

Vera dio un codazo a Ray, que era el que tenía sentado más cerca en el bullicioso grupo que habían formado en una terraza del paseo marítimo.
—¡¡Te lo dije, mira que te lo dije!!—saltó su amigo—. Tendrías que haber dejado tu tarjeta, tu teléfono…algo. Habrá pensado que no tienes ningún interés o que estás acompañada. Mira, guapa, los hombres así no se encuentran fácilmente y, si se encuentran, o no están solos o tardan poco en estar acompañados.
Vera no contestó. Tenía un nudo en el estómago que se iba haciendo cada vez más grande mientras veía alejarse a Dylan rodeando los hombros de la rubia.

 

Tercera entrega

Las noches de terraza y copas se habían convertido en una versión actualizada de los ‘Cuentos de Carterbury’. Bruno, hermano de Ray y cocinero en vacaciones, era el último incorporado a las tertulia nocturnas y resultó ser un excelente narrador, conocedor de incontables aventuras amorosas que, según él, siempre tenían como protagonista a alguno de sus amigos.

La repentina aparición de Dylan paseando tan bien acompañado por el otro lado de la avenida y el evidente malestar que le había causado a Vera les había cortado el rollo. Fue inevitable que se lanzaran por el camino de las especulaciones.

Aunque Bruno había tratado de tener alguna información a través de sus contactos en el hotel, nadie sabía mucho más que su nombre y que viajaba por motivos laborales, por lo que, salvo el rato que dedicaba a la natación en la piscina, desaparecía de los circuitos habituales de ocio durante el resto del día.

Jorge, decía que ese tipo le daba mala espina; pero a Jorge todo le resultaba raro, sospechoso o desagradable. Era el tipo de persona que siempre está con la nariz arrugada y mira alrededor pensando en que es demasiado bueno para  semejante compañía. Era obvio que no se sentía cómodo con que Lucho y Ray fueran pareja, ni con la seguridad e independencia que rezumaba Vera. Y, bueno, Elena,  su mujer,  apenas había dicho media docena de palabras desde que la conocían. Lo que no entendía ninguno es qué pintaban allí, sentados noche tras noche con ellos, si tanto les disgustaban.

La inquina  que Jorge sentía por  Dylan sin conocerlo estaba bien alimentada por la envidia a todo lo que al otro le sobraba y él no tenía: altura, complexión atlética, estilo y un atractivo que resultaba mayor porque Dylan parecía ignorarlo, ajeno a las miradas que suscitaba, moviéndose con total naturalidad incluso cuando salía de la piscina cubierto apenas por una toalla y arrastrando deseos a su paso.

Jorge físicamente no estaba mal,  era desagradable porque su carácter lo era. El ansia de lo ajeno no le dejaba disfrutar de lo propio. Era como ese niño que nos quitaba el balón cuando éramos pequeños para de una patada encajarlo en un tejado, ese niño que lo que quería no era jugar, sino que no jugáramos nosotros.

—¿Quién puede permitirse un traje de Brioni?, ¿Quién se quita la chaqueta y se la da a una desconocida? ¡Por favor! — siguió argumentando Jorge — Demasiado cinematográfico, demasiado perfecto para ser real: algo oscuro tiene que esconder ese tío. Y ahora, ya para colmo, aparece con esa belleza rubia  como acompañante, a saber de dónde la habrá sacado…

Jorge se dio cuenta de que el silencio ahora se había vuelto mayor y más incómodo, mientras Elena le daba pataditas bajo la mesa. Nadie le miraba a él, todos tenían la vista fija por encima de su cabeza.
Y la volvió justo cuando Dylan y su pareja estaban ya a su lado.

 

Cristina

Jorge y Elena aprovecharon el momento de saludos y movimiento de sillas para despedirse precipitadamente. Bruno, anfitrión nato, se encargó de las presentaciones y de pedir otra ronda de copas para invitar a los recién llegados.
Dylan, sin ningún disimulo, se las arregló para sentarse junto a Vera.
Ella sentía como si el olor que le había estado trayendo el puerto se hubiera disipado de golpe para dejar espacio al aroma de Dylan, —¿cuál sería su perfume? —se preguntó. Comenzó también a sentir un calor cercano que ahuyentaba el relente de la noche. Parecía que todo hubiera pasado a un segundo plano desde que él estaba allí.
No hablaban, los dos permanecían callados, aparentemente escuchando a los otros. Vera mirándolos, Dylan mirándola a ella.

Cristina parecía un ángel y no sólo de los de Victoria’s Secret.

Con una cara preciosa, deliciosamente dulce, una sonrisa continua y  sus ojos color caramelo, transmitía la serenidad intensa que tiene el aire después de una tormenta.

Luego resultó ser una buena conversadora, divertida y hasta un poco gamberra. Siguió el juego del interrogatorio al que la estaban sometiendo Lucho y Ray, prometiendo que pretendía cobrarles con la misma moneda.

Vera, escuchándola,  supo  que Dylan y Cristina eran californianos, pero que no eran ni modelos, ni actores (carcajadas de Cristina en la respuesta, como si la pregunta fuera completamente absurda), que pensaba pasar allí quince días de vacaciones, que esperaba que a su hermano no le absorbiera demasiado el trabajo y pudiera disfrutar un poco con ella… 

Hubo muchas mas preguntas, pero ninguna tuvo ya importancia para Vera.

 

El deseo

Desde su primera aparición en la piscina, el deseo le había llegado como un latigazo y cada movimiento en el agua de los brazos de Dylan era una sacudida despertándola del letargo cómodo en el que se había instalado.

Ya nada era lo mismo. Sus sentidos se habían agudizado, todo parecía tener otro relieve y  más color.

Cualquier cosa le llamaba la atención, había recuperado la risa tonta y contagiosa que tenía escondida desde que era adolescente y se descubría embobada mirándose al espejo y reinventando su cuerpo a través de los ojos del otro.
Porque es cierto que no habían hablado mucho, pero las miradas tenían tanta intensidad como si quisieran concentrar los encuentros aún inexistentes.
Inquietud, desasosiego, intriga, juego…¿Era eso lo que llamaban tensión sexual?
Fuera lo que fuera no tenía mucho tiempo para resolverlo. Y esta nueva Vera no tenía por costumbre perder el tiempo. En nada.

 

El Hambre

Los alimentos fueron los que despertaron los sentidos de Bruno.
El olor del pecho de su madre, los ruidos de loza y cacerolas en la cocina, ver a sus tías volviendo del mercado con las cestas cargadas de formas y colores, el gusto inolvidable de las papillas preparadas a golpe de tenedor con plátano, naranja y galletas, el tacto del currusco de pan entrenando sus encías.
Creció en una casa en la que no se cocinaba porque sí. Se creía firmemente en que la comida curaba cuerpo y alma. Cada plato tenía su día. Cada celebración, cada pena, cada enfermedad y cada cambio, tenían su plato.
Sus tías le criaron en un adobo de libros y cuadernos de cocina, montones de novelas y tardes de cine. Luego, cuando llegó el momento, le abrieron las puertas empujándole suavemente a lanzarse al mundo sin ningún miedo.
Y se hizo cocinero.
Para esta noche había creado un menú muy especial que tenía que servir para celebrar su cumpleaños, decir a su hermano Ray lo feliz que le hacía verle feliz, curar las heridas de Cristina, arrancar la coraza de Dylan, dar alas a Vera y agradecer a Martín que le hubiera dejado utilizar la cocina del hotel para prepararlo todo.
Había pensado en cada uno para cada plato y en que los sabores encajaran en la mesa tan bien como lo habían ido haciendo todos ellos al conocerse.
La cena de esta noche de viernes tenía que suponer una oda a los amores refrescantes, al poder de los sentidos, a la fe en el ser humano.
Bruno no era ni Babette ni Tita, pero las dos habían estado presentes ayudándole en la cocina para que pudiera saciar cualquier hambre que trajeran sus amigos.

 

Cuarta Entrega

La Sed

En la cena se ejecutaba con las frases una danza de cintas, tejiendo armoniosamente el amor, la amistad y el deseo que unían a los comensales.
Vinos y platos hacían lo mismo, complementándose y resaltándose. La sumiller había hecho un trabajo extraordinario procesando la información que Bruno le dio, tanto de lo que habría sobre la mesa como de los que se sentarían en torno a ella, interpretándola luego libremente para sorprender con cada una de las botellas que se abrieron y brillaron como fuegos artificiales, queriendo superarse unas a otras hasta llegar a la traca final
Vera vio por primera vez a Dylan completamente relajado. Observarlo comer y disfrutar con ello resultaba tremendamente sensual. Cada vez que uno u otro acercaban la copa a los labios se encontraban mirándose y la sed que sentían iba creciendo a medida que pasaban las horas. Cuando Vera  vio como se reía  echando hacia atrás la cabeza, con la camisa blanca resaltando su cuello y enmarcando su piel dorada, notó como la boca se le quedaba completamente seca y pensó que esa noche le resultaba muy fácil entender a los vampiros.

Dylan siempre se tomaba su tiempo para hacer las cosas de las que disfrutaba. Detestaba la comida rápida, beber deprisa y el estilo de sexo que aparecía en la mayoría de las películas americanas, ese que termina apenas ha comenzado.

Por eso no le importaba esperar hasta encontrar el momento. Por eso había esperado hasta disponer de una noche que fuera el vestíbulo de los días que les quedaban de vacaciones.

Salieron paseando del restaurante y Dylan repitió el gesto de quitarse la chaqueta para envolver con ella a Vera, pero esta vez no la soltó y se sirvió de las solapas para acercarla hasta que quedaron completamente pegados. Ella levantó los ojos para mirarlo y se encontró con que sus labios  le regalaron un par de besos suaves que fueron el aperitivo de un tercero más profundo y largo.

Hay un momento que algo en tu interior salta, se oye un clic, se abren las compuertas y todos esos sentimientos que te habías estado guardando salen a borbotones por tus poros. Puede que ni siquiera supieras que estaban ahí, puede que estuvieran escondidos.

A Vera le pareció que tenía el mar dentro. Las olas ya no rompían en el muelle cercano y, aunque la noche estaba magníficamente estrellada, las respiraciones de ambos anunciaban una hermosa tormenta.

¿Continuará? ¡Quién sabe! La vida es una caja de sorpresas.