Capitales de provincia


En estos días de estío me gustan algunas ciudades queridas cuando están recién lavadas y apenas despiertan, tan frescas y perezosas, acogiendo a los visitantes que se apresuran a resolver papeles, hacer encargos o, tristemente y cada vez más, para acompañar a sus parientes hospitalizados.
En verano, el tráfico provinciano se incrementa con los que un día se fueron para afincar familias y raíces en tierras ajenas, a las que han convertido en propias a base de dejar que sus historias y sus hijos crezcan en ellas. 
En verano nos cruzamos por sus calles principales, saludando a los que vemos de año en año en una capital que nos aglutina y que, a veces, sentimos que nos mira un poco ajena, lejana, como ese amor adolescente al que quisimos sin que nunca lo supiera, sin decírselo, sin atrevernos a confesarlo nunca.
Reniegan algunos capitalinos de los fieles provincianos que compran en sus tiendas, beben en sus bares, acuden y llenan fiestas y ferias. 
Los de los pueblos, sigan en la provincia o vuelvan a ella como añorantes aves migratorias, quieren a su capital, la defienden y, aunque rezunguen por su insensibilidad, menosprecio u olvido, si hace falta, la defienden y pelean por ella.