Su primera tortilla de patatas


Él dice que nunca la imaginó de ama de casa. Por eso le sorprendió que la primera vez que fueron juntos a su piso entrara directa a la cocina: abrió la nevera y, ni corta ni perezosa, sacó unos huevos, buscó una sartén, unas patatas y se puso a pelar y a batir mientras le mandaba (ella nunca pedía) que abriera una botella de vino y fuera poniendo un par de copas.
Ella dice que, para matar los nervios de su primera vez, no se le ocurrió otra cosa que ocupar las manos. Quién sabe de dónde le vino la loca idea de hacer una tortilla. Ella, que no sabía freír un huevo, se sentía más valiente frente al fuego del gas que al de su mirada.
Hasta entonces, cocina y amor habían sido pura teoría.
Él dice que, viéndola pelear, pensó que la amaba. 
Sí, tenía que ser amor la fiebre que le producía ese continúo pensar en ella, esa desazón de querer verla, buscarla y, con cualquier pretexto, quedarse a su lado. 
Ahora quería lanzarse al infinito y fundir sus vidas para cambiarlas.
También allí se dió cuenta de que nada sería fácil. De que ella nunca sabría seguirle por los caminos trillados.
Ella dice que no recuerda qué pasó con la tortilla (que le quedó horrorosa, por cierto). Recuerda la música que sonaba cuando despertó con un brazo dormido y el otro sobre el tan masculino latir de su pecho. Y sin querer moverse. Sin querer despegarse. 
Él recuerda su mano menuda sujetándole el corazón que se escapaba.
Y que nunca había comido una tortilla con las patatas crudas. Ni tan desestructurada. Ni tan mala.
Ellos dicen que aún se aman. Y que el amor y las tortillas salen mucho mejor con la práctica.