Cuestión de clase


Dice Frank que tendemos a confundir lo que uno es con lo que uno hace y que somos culturalmente clasistas.
A medida que se sumerge en nuestros usos y costumbres me acribilla con sus opiniones. Aunque esta vez no hizo falta que me lo contara, porque lo vivimos juntos en primera fila observando el comportamiento de un cliente con el camarero que lo atendía, camarero que demostró no sólo una paciencia infinita, sino también una clase y unos conocimientos de los que carecía el imbécil con cartera que trataba de humillarlo.
Sí, tenemos un país que trata como dios a cualquier descerebrado y desprecia a quien llena su despensa, cuida a su hijo o dedica más tiempo que sus padres a educarlo.
Los trabajos no son siempre ideales ni ajustados a nuestra formación o nuestros sueños. 
Hay quien ejerce de lo que puede para subsistir, dejando aparcados sus conocimientos y su valía con la esperanza de poder aplicarlos algún día. Si llega. Pero eso no quiere decir que deje de tenerlos.
Hay oficios que no se valoran hasta que no se necesitan. Y a veces ni eso.
También hay vocaciones que se tratan de arrancar de cuajo para cambiar un futuro por otro que nos parece mejor y más fácil para aquellos que queremos, pero, ay, si de verdad se sienten, volverán como ríos buscando el cauce. 
Y afortunadamente nos queda, aún, el orgullo del trabajo bien hecho, sea el que sea. El nuestro.