Y así son mis placeres cotidianos

La vida es esa amante caprichosa que nos trata como quiere, sin lógica alguna, sin dar explicaciones. Nos trae y nos lleva, nos deja cuando y donde le da la gana.
Son los placeres cotidianos las medias sonrisas que nos da y a las que debemos estar atentos para no dejar escapar ni una.
Porque esa especialista en caricias que no esperamos saca de vez en cuando la faca de la liga y nos la clava por la espalda en un ataque de celos. Y luego llora y nos pide perdón cuando no hay remedio. O justifica lo hecho con alguna razón absurda, regodeándose en su incoherencia.
Hay amores que matan: el nuestro con la vida lo es.
Por eso, con semejante amante, necesitamos un buen botiquín.
Son los placeres cotidianos bálsamo para las rozaduras, tiritas para los cortes, apretones en el hombro y empujones para ayudarnos a coger impulso y saltar un charco.
No son antídotos, no curan, ni siquiera anestesian. Son alfileres que clavamos al dolor, armas que saben que no ganarán ninguna guerra, pero consiguen distraer al enemigo para que no nos venza tan pronto y sin darle batalla.
Un vaso de agua fresquita, un café caliente, un plato de sopa.
Una palabra amable, un abrazo, una sonrisa, un buenos días o un muchas gracias.
Quedarnos como tontos mirando nacer el día o en éxtasis saboreando un buen vino.
El amor, la amistad, el sexo y algunos pecados capitales.
Placeres que acuden a rescatarnos como minúsculos superhéroes.
Por eso los miércoles, mi día favorito de la semana, he querido recordaros, recordarme, la razón de nuestra cita: buscar y compartir los #PlaceresCotidianos.
Qué no se nos olvide.