Presentación

Este folletón, que aún no sé cuánto durará ni las ramificaciones que tendrá, está escrito originalmente en Facebook, improvisando a diario y teniendo en cuenta los comentarios que suscita. No tiene otro objetivo que estar en contacto con las personas que me acompañan por las redes y compartir temas que nos gustan y nos son comunes a todos en mayor o menor medida: eros y cocina.

Ambos admiten múltiples aderezos, desde los más habituales y básicos hasta aquellos que debemos dosificar por su escasez, valor o intensidad.

Y también un poco de imaginación, no mucha.

Puede que al volcar aquí los textos hayan experimentado algún cambio. Me reservo la facultad de añadir lo que me parezca y mejorar lo que crea mejorable siempre que pueda hacerlo.

Gracias a todos por venir de visita.

Y así son mis placeres cotidianos

La vida es esa amante caprichosa que nos trata como quiere, sin lógica alguna, sin dar explicaciones. Nos trae y nos lleva, nos deja cuando y donde le da la gana.
Son los placeres cotidianos las medias sonrisas que nos da y a las que debemos estar atentos para no dejar escapar ni una.
Porque esa especialista en caricias que no esperamos saca de vez en cuando la faca de la liga y nos la clava por la espalda en un ataque de celos. Y luego llora y nos pide perdón cuando no hay remedio. O justifica lo hecho con alguna razón absurda, regodeándose en su incoherencia.
Hay amores que matan: el nuestro con la vida lo es.
Por eso, con semejante amante, necesitamos un buen botiquín.
Son los placeres cotidianos bálsamo para las rozaduras, tiritas para los cortes, apretones en el hombro y empujones para ayudarnos a coger impulso y saltar un charco.
No son antídotos, no curan, ni siquiera anestesian. Son alfileres que clavamos al dolor, armas que saben que no ganarán ninguna guerra, pero consiguen distraer al enemigo para que no nos venza tan pronto y sin darle batalla.
Un vaso de agua fresquita, un café caliente, un plato de sopa.
Una palabra amable, un abrazo, una sonrisa, un buenos días o un muchas gracias.
Quedarnos como tontos mirando nacer el día o en éxtasis saboreando un buen vino.
El amor, la amistad, el sexo y algunos pecados capitales.
Placeres que acuden a rescatarnos como minúsculos superhéroes.
Por eso los miércoles, mi día favorito de la semana, he querido recordaros, recordarme, la razón de nuestra cita: buscar y compartir los #PlaceresCotidianos.
Qué no se nos olvide.

Primera Entrega

1. Julen
Julen es tan guapo como tímido, aunque los que no le conozcan bien suelan confundir su timidez con arrogancia.
Aunque llevaba ya varios meses viviendo en Madrid, apenas conocía a nadie fuera del trabajo, se contaban exactamente con los dedos de una mano: su casera, una viejecita encantadora que vivía también en el edificio y tenía una nieta que iba a verla de vez en cuando dejando a Julen sin respiración al cruzarse en la escalera, el pescadero del mercado al que iba comprar los sábados y dos tíos que vivían arriba compartiendo piso, que no cama, como le habían aclarado cuando se los presentó la señora Matilde.
Con los tres hombres había coincidido más de una vez tomando una caña en alguno de los muchos bares del barrio. No quedaban, pero se encontraban y, con esa facilidad capitalina, le incluían en la conversación sin protocolos.
Fue viendo uno de los partidos del mundial cuando, apuesta mediante, él se comprometió a hacer un marmitako y ellos a llevar el postre y a unos amigos.
Serían ocho en total. Julen se perdió en las explicaciones de quién iría: que si la amiga, que si la hermana, que si éste que si aquel…; pero le quedó claro que Eva, la nieta de su casera, estaba incluida en el grupo ya que, al parecer, todos eran amigos de siempre, todos se habían criado juntos en aquellas calles del viejo, castizo y, ahora, el más moderno Madrid.
Eva también se había fijado en el inquilino de su abuela, en parte porque ella, siempre empeñada en buscarle novio, se lo había intentado meter por los ojos desde el primer día, en parte porque estaba muy bueno, para que nos vamos a engañar.

2. Preparando marmitako 
Julen les había dicho que no le importaba cocinar en compañía, que fueran a su casa cuando quisieran.
Eva fue la primera en llegar, a su abuela no le había faltado más que llevarla a empujones:
—¡Venga, vete a echar una mano al chico!
Las dos iba a necesitar para saber a ciencia cierta si estaba tan macizo como parecía marcar la camiseta blanca de cuello desbocado que Julen llevaba puesta.
La precedió hasta la cocina, lo que dio margen a Eva para seguir analizando vestuario. Vaquero índigo muy desgastado, de esos que uno se niega a tirar porque se han vuelto ya como hechos a medida, suaves y cómodos. (¡Pfff, vaya tela!— iba pensando ella).
Cocía suavemente un caldo de pescado en el puchero, ambientándolo todo con vapores de mar y añoranzas de puerto. Y Julen parecía moverse por ese territorio como pez en el agua, perdida toda su timidez, parecía otro, hasta su voz tenía un tono más profundo, más bronco.
—Si quieres, ve pelando las patatas —le dijo a Eva—. ¿Te dejo algo para que no te manches? (Anda, di que no, dime que no, no te tapes esa cosa indefinible que llevas puesta— pensaba él mientras).
— No hace falta, tengo ropa para cambiarme luego— contestó, mirándose el mono de pantalón corto y cuadritos Vichy que solía ponerse para estar fresca en casa de su abuela, que se empeñaba en no poner nunca el aire acondicionado por mucho calor que hiciera.
Julen puso aceite en una marmita roja. En el puchero el caldo seguía cociendo y en la cocina iba subiendo poco a poco la temperatura entre una conversación convencional y miradas que no lo eran, cuando llamaron al timbre y llegaron Quique, Teo, y Pepa enseñando unas botellas de vino como carta de presentación y pasaporte.
Julen seguía al mando y, como un capitán, daba órdenes claras y concisas a la tripulación del barco: “Saca la cubitera, ponle hielo y deja en ella esos blancos, Quique”. “En ese armario están las copas, Teo”. Todo ello sin levantar la cabeza de la tabla en la que estaba picando menudita la cebolla, que puso en la marmita una vez que terminó con ella y comprobó que el aceite estaba a punto. Y allí la dejó, ablandándose. Repitió la operación con unos pimientos verdes para que corrieran después la misma suerte.
Maniobraba sin dejar de darles indicaciones hasta que les tuvo sentados alrededor de la enorme mesa de mármol blanco que presidía la cocina y sobre la que estaba trabajando.
Entonces, levantó la copa hacía ellos en un brindis simbólico y saboreo el vino con calma. Después comenzó a chascar las patatas y dejó que se rehogaran con la verdura antes de añadir el caldo ya preparado, la carne de unos choriceros, una punta de pimentón y volvió a tapar para que cociera todo en paz hasta estar a punto.
Una pizca de pimienta y la herejía de un muy leve raspado a una nuez moscada terminarían su labor de trabajo culinario
Luego no haría falta más que añadir los dados de bonito, una vez apagado el fuego, para que se hicieran únicamente con el calor reinante en la marmita tapada y en reposo.
Calor sí, pero reposo ninguno. Terminada una botella de txakolí con unas “fruslerías” gallegas que aportó al llegar Isidro, el pescadero, le tocaba el turno a un verdejo de Rueda.
Y seguía subiendo la temperatura a medida que se acercaba la hora de llevar la comida a la mesa.

3. Comida y sobremesa
El edificio se había rehabilitado conservando la distribución original de los pisos y algunas cosas del mobiliario que merecían la pena. La mesa de mármol de la cocina, por ejemplo. Una mesa de 2,40 por 1,20 que había conquistado a Julen desde el principio por sus infinitas posibilidades, no sólo culinarias, que también.
Un edificio precioso en el que vivían aún alguno de los antiguos propietarios, como la Sra. Matilde, que además de ser su casera era la abuela de Eva.
Julen había llegado hasta allí gracias a su empresa, un estudio de arquitectura especializado en inmuebles antiguos y que había sido el artífice de la obra que ahora disfrutaba gracias a un acuerdo de compra mediante renta a la propietaria.
—¿Y cómo tiene un tío tan joven un trabajo tan bueno?
Le habían acribillado a preguntas, tanto durante la comida como en la sobremesa; pero a Julen no le importó porque era una buena manera de presentarse a Eva, de que le conociera un poquito. Contestara a quién contestara lo hacía para ella y no dejaba de observar por el rabillo del ojo sus reacciones.
Sin embargo, aunque estaba realmente a gusto con el grupo, le habían caído genial, se habían reído mucho (y alabado profusamente su marmitako), se alegró cuando empezaron a despedirse porque…
Eva se había ofrecido a quedarse con él para ayudarle a recoger todo.

4. Recogiendo 
No encuentro la razón por la cual las enormes y super modernas cocinas de las pelis americanas no tienen lavavajillas y salen siempre fregando platos, porque no deja de ser un engorro y una tarea nada agradable, la hagas con quien la hagas: desengañaos, no es lo mismo la espuma del baño que la del fregadero.
Julen sí lo tenía y Eva no tuvo más que irle pasando las cosas que habían desperdigado entre salón, cocina y terraza, mientras él iba colocando todo en la máquina.
¡Y qué bien lo colocaba!
Es curioso lo sexi que puede ser ver a un hombre guapo cocinar, recoger o limpiar, estaba pensando Eva viéndolo flexionarse o estirarse para guardar las cosas en los armarios de arriba o abajo. Tenía una excelente perspectiva para observar impunemente. O eso creía.
—Deja ya de mirarme así, me estás poniendo nervioso y voy a acabar rompiendo algo— dijo Julen sin volverse y en un tono que ni mucho menos rubricaba sus palabras, más bien daba la impresión contraria, de que lo que quería realmente era acabar rompiendo algo.
—Te estaba evaluando— dijo Eva riéndose—. ¡A ver si resulta que al final tiene razón mi abuela y vas a ser un buen partido! No es tan fácil encontrar libre a un hombre de su casa,  ¿o no estás libre?
—Como el viento…, pero imagino que tendré que pasar más pruebas para que me valores como candidato, no creo que con lo que sabes tengas datos suficientes— dijo avanzado hacia ella hasta apoyarse en la mesa dejándola encerrada entre sus brazos—. Dime, ¿cuál es la siguiente?
Sonó un teléfono en el salón, pero ninguno se molestó en ir a contestarlo, estaban demasiado ocupados repartiéndose las miradas entre los ojos y los labios.
El teléfono siguió sonando insistentemente hasta que Eva se escabullo excusándose:
—Perdona, tengo que cogerlo: uno de los inconvenientes de mi trabajo es que no tiene festivos ni horarios.

5. Entre plato y plato
Cuando Eva dice que trabaja como asesora legal para una potente compañía de seguros, no miente; pero no dice toda la verdad. Aunque para llevarlo a cabo necesita su carrera de Derecho, es el Grado en Criminología y la preparación especial que le dió su empresa lo que hace apasionante, y peligrosa, su tarea, la vocación detectivesca que despertó entre lecturas de novela negra y capítulos de C.S.I.
Investiga fraudes de los grandes, de los millonarios. Y para ello conviene que su labor sea desconocida hasta para los más cercanos.
A nadie extraña que tenga que salir disparada a cualquier hora para asistir sobre el terreno a un cliente al que han robado una obra de arte o al que su negocio se le ha vuelto cenizas, porque los problemas no tienen horario. Ella recalca que para eso le pagan tan bien, pero no es el dinero lo que la mueve, al menos no sólo.
Sin embargo, tener una pareja fija sería complicado…¿o no?
Realmente nunca se lo había planteado hasta ahora.
Entre su abuela y Julen, entre bromas y veras, el cerebro le bullía mientras conducía su moto por los Bulevares de Madrid.
A Julen apenas lo conocía, ni siquiera habían llegado a besarse, ¿A qué venía dar vueltas a algo no planteado? Ella no era así…, pero, ¿cómo era ella?
Se sacudió mentalmente las ideas sobrantes y se centró.
Ella era la mujer que iba a resolver el robo de ese cuadro. Y punto. Los problemas se resuelven cuando llegan.

6. Las torrijas de la Sra. Matilde.
Con el pretexto de llevarle unas torrijas, la señora Matilde hizo una visita a Julen a ver si se enteraba de cómo iba la cosa con su nieta.
—Muchas gracias, me encantan, pero yo creía que sólo se hacían por Semana Santa.
—No hijo, no, se hacían y se hacen cuando sobra pan en casa. Cuezo leche con un palo de canela y una cáscara seca de limón o de naranja, endulzo y a veces le añado un chorrito de chinchón. Dejo reposar un poco para que la leche no esté demasiado caliente y luego la vuelco sobre las rebanadas, dejo que absorban, las paso por huevo y las frío. Después les pongo miel o azúcar y canela. Y ya está, no tienen más misterio…Ah, sí, que el pan sea bueno, sí es malo no vale ni para esto ni para nada.
¡Ay, a mi Benito le encantaban!— suspiró ella.
—Creí que su marido se llamaba Pedro…
—Sí hijo, sí, pero se murió muy pronto. Los hijos se fueron, la casa vacía…A ver si te vas a creer que yo he sido así toda la vida…¡bien guapa que era yo! ¡un tipazo! No como Eva, no, ella tiene ya otro estilo, es más fina y más alta…, Otro estilo. Un día te enseño fotos mías y nos reímos un rato. Ay, Julen, hay que disfrutar de lo que es bueno y lo que es gratis, que la vida son dos días y uno llueve. Ya se lo digo yo a Eva, ya, tanto estudiar, tanto trabajar y tan poco divertirse… ¡Ay, esta chica, que preocupada me tiene!
La Señora Matilde siguió un rato con su monólogo mientras Julen compartía con ella un café y se comía un par de torrijas sin dejar de sonreír. Le encantaba escucharla.
—Come, hijo, come, que da gusto verte.
El teléfono de la anciana se iluminó con un mensaje:
“No seas meticona y no marees al vecino”
Y el de Julen con otro:
“Mi abuela te mima más que a mí. Creo que has hecho una conquista”
Se miraron, se rieron y se enseñaron mutuamente los mensajes.
Julen contestó escuetamente a Eva: “¿Sólo una?”

7. Mar y tierra.
Correo de Julen a Eva.
Asunto: Una proposición muy decente.                                                            <<Buenos días, Eva.                                                                                              Mañana iré a Valladolid a revisar un edificio del que estoy a punto de hacerme cargo de su rehabilitación y me dejan un duplex que será el que utilice las veces que tenga que quedarme allí, si llegamos a un acuerdo con la obra. 
Te invito a un fin de semana de paseos por una ciudad mágica (hay luna llena), ratos de reposo en terraza con estrellas y gin-tonic, buenos vinos, buenos pinchos, buen lechazo (comentaste el otro día que te encanta)… y lo que se tercie. Ya iremos decidiendo sobre la marcha.
El apartamento no es grande, pero tiene dos habitaciones y te puedes fiar de mí hasta donde tú quieras porque seré tan buen chico como tú quieras. Te lo juro por tu abuela (a ella le he pedido su opinión y me avala). Además, tengo amigos con los que he quedado), no tendrías que estar conmigo sola (todo el tiempo), y podríamos visitar alguna bodega (también dijiste que tenías ganas de hacerlo).
Te habrás percatado de que no me perdí nada de lo que hablaste durante la comida del domingo, aunque me creías muy ocupado poniendo y quitando cosas de la mesa mientras tú te entretenías en contar de lejos y uno por uno los botones de mi camisa. Y ya te habrás dado cuenta también de que tengo una magnífica visión espacial, debe ser cosa del oficio: no se me escapa nada que me interese o tenga que ver contigo, lo que últimamente viene a ser lo mismo
Tendríamos que salir mañana temprano porque mi reunión es a las 10. Sé que tienes el día libre, ya te imaginarás quién me lo ha contado.
Dime que sí, anda.
Julen >>

8. El Gazpacho de Pepa
Los que hemos vivido en Madrid sin familia sabemos que acabas teniendo una que puede ser tan disparatada y heterogénea como si la formaran los personajes del primer Almodóvar. Así son los amigos de Eva que adoptaron a Frank hace unos meses y que acababan de adoptar también a Julen, aunque aún le tengan en periodo de prueba.
Anoche Pepa preparó una sesión gazpacho, como llaman a las reuniones terapéuticas veraniegas en las que se cuentan sus cuitas y procuran, siempre que se puede, terminar deshaciéndolas en risas. La diferencia básica es que en esta receta no hay añadidos. Y Frank no es ni un capullo ni un casposo donjuán trasnochado como el Iván de la película:
“Tomate, pepino, pimiento, cebolla, una puntita de ajo… Aceite, sal, vinagre, pan duro y agua. El secreto está en mezclarlo bien, a Frank le encanta cómo lo mezclo yo”
A Pepa no le cuesta mucho imitar a la Pepa de Carmen Maura. Y, aunque es de la misma edad que Eva, es de esas amigas que son paño de lágrimas, confesionario, refugio y fuente de consejos para todos los que tienen cerca.
— Así que te vas con el vasco a Valladolid a pasar el fin de semana…Pues disfrútalo, nena.
— Esa es la idea— contestó Eva—. Tengo ganas de desconectar un poco y no me vendrá mal estar en una ciudad que apenas conozco y con gente nueva.
—Sí, claro, esa es la razón principal. No influye nada que el tío con el que vas tenga un cuerpo como batido por el Cantábrico, ni esa voz que te derrite y te hace tener pensamientos impuros, ni los ojos que…
— ¡Para, guapa, para, tu céntrate en Frank y no te distraigas!
— Huy, Frank… ese es ave de paso, demasiado complicado para molestarme siquiera en planteármelo. Bueno, a lo que íbamos: que te gusta el vasco, que te vas con él y tienes todo a favor, así que no lo estropees, déjate llevar: lechazo, buenos vinos y nada de comerte el coco como sueles. Desconecta, pero de verdad…y mándame algún mensajito para tenerme al tanto
Total, que Eva se había líado hablando con Pepa y entre risas, bromas y veras se había acostado a las tantas, la luna no le había dejado dormir apenas y esta mañana agradeció que Julen pasara a buscarla y que fuera él quien condujera.
Cuando le vio salir del coche para abrir el maletero pensó que el día no empezaba nada, pero que nada mal.
El fin de semana prometía. Prometía mucho.

9. ¿Repetimos?
David llegó a la oficina despotricando por la subida de la gasolina y la huelga de taxis que se había encontrado al volver de vacaciones, al mismo tiempo que se abalanzaba sobre Eva y la apretujaba en un abrazo de oso. Él es el mejor amigo de Eva desde que se conocieron en la universidad, aunque no sabemos si eso es por o a pesar de ser también compañeros de trabajo desde que terminaron la carrera. No hay nadie a quien ella se confíe tanto ni que esté tan al corriente de todo lo bueno y lo malo que pasa por su vida. La verdad es que tampoco hay nadie más a quien ambos puedan poner al corriente de las peculiaridades de su trabajo.
—Ya veo que estás guapísima. Estaba un poco preocupado porque me ha llamado Pepa para quedar luego cuando salgamos de trabajar y me ha dicho que te vaya sonsacando qué tal ha te ido estos días que has tenido apagado el teléfono sin querer saber nada de nadie… ¿te pasa algo?
David se había pasado casi un mes con sus amigos moteros haciendo no sé qué ruta de Estados Unidos, sin molestarse en mandar más que escuetos mensajes tranquilizadores: “Todo bien. Bss”. Así que, claro, no tenía ni idea  de la expectación que había causado el fin de semana vallisoletano, ni de los preliminares que habían conducido al mismo, ni siquiera creía haber oído hablar de Julen antes de irse.
Eva le hizo un resumen de la situación mientras salían a tomar un café en el bar de al lado.
—Bueno, pero durante el fin de semana ¿qué? — insistió David.
—¿Valladolid? Muy, muy bien, genial. Luego cuando estemos con Pepa os cuento.
Sonó el teléfono y Eva lo cogió sin dudar. Susurró un
“No, hoy no puedo; pero luego te llamo…Sí, estoy bien… Sí, claro que me gusto… claro que repetiría…luego comparo fechas y miramos como cuadrarlas…
Cuando colgó y se volvió hacia David este la miraba ceñudo:
—Eva, siento bajarte de la nube, pero te recuerdo que tenemos un caso en marcha y tus días libres son más que dudosos.
—Y yo te recuerdo que hay razones para creer que la red de tráfico de obras de arte se extiende también por el Duero y mis viajes de ocio a Valladolid pueden ser una magnífica tapadera para el trabajo. Así que si hay que repetir, ¡repetimos!

10. Medir tiempo y temperatura
Ambos sabían de sobra cómo iban a terminar, pero tenían tiempo y querían dárselo: también era parte del juego mantener distancias prudentes para que fueran desvaneciéndose a medida que avanzaba el día.
Durante el viaje desde Madrid tuvieron una conversación informal, música, cine, libros, viajes, en fin, de esas cosas que en definitiva cuentan tanto de nosotros para quien quiera escucharlo.
Julen fue a su reunión mientras ella aprovechaba para fisgar el dúplex (precioso, por cierto), hacer un par de compras y acercarse hasta el despacho de abogados que funciona también como filial en Valladolid de la multinacional para la que trabaja Eva. Allí pudo saludar a Vera, una de las abogadas con las que ya había tenido que tratar, pero que sólo conocía por teléfono. Vera le comentó la inquietud que estaban levantando entre sus clientes los rumores sobre la red especializada en robos de arte, como estaba creciendo el volumen asegurado y lo difícil que resultaban la mayoría de las valoraciones. Obviamente Eva no le dijo que tenían razones más que fundadas para preocuparse.
Así que, entre unas cosas y otras, la mañana se le pasó volando y llegó la hora en la que había quedado en reunirse con Julen y los que serían sus socios. La cita era en La Parrilla, un restaurante céntrico en el que los propietarios de la obra de la que se encargaría Julen les habían invitado a todos a comer “un lechazo de verdad y muy bien asado, ya verás” le dijo uno de ellos al saludarla.
La comida fue divertida a pesar de ser un compromiso de trabajo, probablemente el nivel del vino y el lechazo, que realmente estaba muy bueno, contribuyeron a ello en gran medida. Por otro lado la conversación comenzó a volverse profesionalmente interesante para Eva cuando empezaron a hablar de nuevas inversiones en bodegas y de capitales foráneos deseosos de rehabilitar casonas, construir palacetes, y vestirlos, dotándolos a base de dinero de una pátina de tiempo y clase.
No recuerda el nombre del sitio al que fueron a tomar un gin-tonic porque la mano de Julen, que llevaba posada sobre su cintura a modo de guía desde que salieron del restaurante, comenzó a colarse discretamente bajo la blusa aprovechando que sus acompañantes iban ante ellos abriendo camino.
Después, una despedida cortés por parte de sus anfitriones: “Nos da tiempo a todos a descansar un rato, que luego hemos quedado para ir a tomar unos pinchos con unos amigos: os vendrá bien conocer gente si vais a tener que venir a menudo”. Eva no se molestó en corregir el plural, quizá al final resultaba cierto.
Pero de inmediato lo único cierto fue que no les dio tiempo a descansar mucho antes de la siguiente cita.

 11. Huevos rellenos y rebozados.
—Por más cabezas que corten, ellos nunca serán más altos.
La abuela Matilde se había acostumbrado a ser el paño de lágrimas de los amigos de Eva, a escuchar quejas sobre jefes inútiles que ningunean a gente con más inteligencia y formación, miedosos de que les hagan sombra o les quiten el puesto. O trataba de aliviarles el sentimiento de impotencia ante esos cargos políticos que tapan a base de poder y burocracia su desconocimiento del sector en el que les han colocado, impidiendo por interés, ignorancia o pura maldad que algunos proyectos salgan adelante.
Si fuera británica, la abuela Matilde intentaría calmar sus penas a base de té, pero como afortunadamente para ellos no lo era y siempre tenía una alacena bien surtida, tiraba de dulce o salado según fuera el paciente, según el ánimo o la hora del día. 
—Tengo unos huevos rellenos que sólo me falta freír y tardo un momento. En lo que ponéis la mesa están listos.
Ellos ya no protestaban, ni por falsos cumplidos, ni por cortesía: era inútil.
Mientras los dolientes del proyecto detenido seguían dándole vueltas fumando un cigarro en la terraza, Eva fue a echar una mano a su abuela y David aprovecho la coyuntura para interrogar a Julen mientras ambos repartían cubiertos, platos y copas. 
Parecía un tío legal, franco, directo. Y no cabía duda de que estaba bastante colgado de Eva, no tenía más que ver cómo la seguía con la vista y con qué ojos la miraba, pero…había algo que no sabía identificar bien (y la especialidad de David consiste en conocer lo que la gente es, ignorando lo que parece). Tenía que dejar de comportarse como un capullo controlador con su amiga y confiar en que sabría defenderse sola, pero…era incapaz, por más que lo intentaba, cada vez que ella se interesaba en alguien, él lo investigaba a fondo.
El rebozado crujiente escondía una bechamel bien trabajada que arropaba al huevo cocido con corazón multicolor: yema, aceituna negra, bonito, pimiento rojo… ¡quién sabe qué más le habría puesto!
—Cosas, hijos, cosas, de unas no me acuerdo y otras ahora no os interesan. Se lo estoy escribiendo todo para Eva, le guardo las recetas y le cuento para quién y porqué las hice. Por ejemplo, estos huevos rellenos de hoy son para celebrar la vuelta de David, que sé que le encantan, y, además, son como él: nunca sabes lo que esconde dentro del rebozado.

12. Bígaros y calamares.
Eva se despertó con olor a mar. Había soñado que paseaba por una playa interminable en la que a lo lejos se veía a Julen haciendo olas sobre una tabla de surf. Todo muy de película. Pero su somnolienta ojeada le dijo que seguía en Madrid.
Hacía mucho calor, incluso a estas horas en las que el sol aún se estaba desperezando, lento, tan reticente como ella. El siseo intermitente del aire acondicionado no había dejado de funcionar en toda la noche…, ni ellos tampoco. Apenas acababan de dormirse y la penumbra matinal entraba ya a través de la persiana dejándole ver una habitación a rayas pintadas por luces y sombras, sembrada de un reguero de prendas de ropa buscando el pasillo. 
Una gota de sudor resbalaba desde la garganta de Julen y Eva, instintivamente, la recogió con la punta de la lengua: era de un sabor salado, rocoso. Él, que enredaba entre los dedos la melena cobriza de Eva, le dio un beso ligero en la coronilla murmurando un “Buenos días”.
Hoy Julen saldría a media mañana buscando el Norte. Eva no; tenía mucho trabajo el fin de semana y no podía acompañarle, aunque él había tratado de convencerla con descripciones de playas y brisa refrescante, restaurantes tentadores y aperitivos porteños de bígaros y rabas. Rabas, dicho por él, con esa voz tan sexi, intensificada además por esa r tan peculiar que tienen algunos vascos.
—Ven, ya verás allí que bien se duerme.
—¿Contigo?— le había contestado Eva anoche entre risas— Mi experiencia del pasado fin de semana no dice eso. Sabes que no puedo, Julen. Tengo en marcha la investigación sobre el cadáver aparecido en la piscina y que pensamos que no fue un accidente, pero aunque todo estuviera claro, que no lo está, tendríamos que mirar cada detalle con lupa porque la indemnización que tendría que pagar mi compañía a la joven viuda es desmesurada.
—¿Vas a ir y venir desde aquí? Tal y como está la cosa, aunque vayas con la moto te va a dar algo…
—No. Me quedaré en el chalé que tienen por allí cerca unos amigos. Inma ha estado con ellos pasando la semana y vamos a convencerla para que se quede hasta el domingo…Ya veremos…, pero si va todo bien, el lunes me voy a Valladolid con ella y el martes me vuelvo contigo, ¿te apetece?
—Perfecto. Yo tengo una reunión el lunes a las nueve, pero luego mi trabajo será visitar dos de las posibles ubicaciones para la bodega y eso podemos hacerlo juntos.— dijo Julen y, mientras hablaba, se giró y quedó apoyado sobre los antebrazos hasta que sus frentes casi se rozaron.— Y… ¿cuánto tiempo dices que nos queda ahora?

Eva le iba a contestar que había sonado el despertador, que tenía que pasar por casa antes de ir a trabajar  y que llegaría tarde si no espabilaba…, pero Julen ya no le dejaba espacio, ni ganas, para que las palabras pudieran salir de su boca.

Capitales de provincia


En estos días de estío me gustan algunas ciudades queridas cuando están recién lavadas y apenas despiertan, tan frescas y perezosas, acogiendo a los visitantes que se apresuran a resolver papeles, hacer encargos o, tristemente y cada vez más, para acompañar a sus parientes hospitalizados.
En verano, el tráfico provinciano se incrementa con los que un día se fueron para afincar familias y raíces en tierras ajenas, a las que han convertido en propias a base de dejar que sus historias y sus hijos crezcan en ellas. 
En verano nos cruzamos por sus calles principales, saludando a los que vemos de año en año en una capital que nos aglutina y que, a veces, sentimos que nos mira un poco ajena, lejana, como ese amor adolescente al que quisimos sin que nunca lo supiera, sin decírselo, sin atrevernos a confesarlo nunca.
Reniegan algunos capitalinos de los fieles provincianos que compran en sus tiendas, beben en sus bares, acuden y llenan fiestas y ferias. 
Los de los pueblos, sigan en la provincia o vuelvan a ella como añorantes aves migratorias, quieren a su capital, la defienden y, aunque rezunguen por su insensibilidad, menosprecio u olvido, si hace falta, la defienden y pelean por ella.

Quesos y besos


Dice Frank que está alucinando con los quesos españoles.
Ayer apareció por sorpresa en casa y en casa hay tres cosas que rara vez faltan en la despensa: pan, vino y queso. Lo demás viene por añadidura, si es que hace falta añadir algo a una merienda o un almuerzo improvisado.
Carlos, que sabe muchísimo más de quesos que yo, le estuvo haciendo un recorrido breve, casi iniciático, que comenzó sobre los que había en la tabla y continúo después sobre los libros , mientras Lara me ponía al día de la nueva vida de Frank en Madrid y lo enamorada que está de mi amigo.
Que sorprenda a los foráneos nuestra riqueza gastronómica no me sorprende, que la desconozcamos nosotros es una pena.
Con la tríada de la que os hablo, cuarteto si unimos un jamón bien elegido, podemos levantar un menú fantástico en cualquier parte, en cualquier momento, sin más. Sin más que una buena compañía.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, reivindico el romanticismo de los quesos, que saben a beso con uvas, sí, pero las uvas transfiguradas son mucho más interesantes y complejas, las tienes a mano todo el año y se conservan divinamente a poco que cuides las botellas. Y una cosa no quita la otra.

Vosotros y ellos


Hay quien dice que escribiendo se siente un dios porque puede crear su propio universo. No es mi caso.
Los relatos que leeis (y las novelas que aún no leeis) están tejidos con lo vivido. Con lo que escucho, lo que veo y lo que me cuentan. Y muchas veces, aunque no lo sepáis, con vosotros sentados junto al teclado, dictándome.
Me falta tiempo para plasmar todas las historias que quisiera, no necesito inventarlas. 
Hay tantos personajes queriendo salir que, a veces, me veo obligada a mezclar varios para hacer uno. Eso lo reconozco.
Otros son tan intensos que no admiten cambios ni maquillaje y salen tal cual: son los retratos de personas reales a los que me limito a cambiar el nombre y que podéis pensar que son fruto de mi imaginación, quizá porque reúnen cualidades que nos parece mentira encontrar al mismo tiempo en una sola persona.
La realidad supera la ficción, es la pura verdad, así lo creo, así lo he constatado. Para lo bueno y para lo malo. 
Y la realidad, la vuestra o la mía, la de ellos, es, literariamente, lo único que me interesa. 
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, os lo dedico a vosotros y a ellos, a todos los que estáis empeñados en llenarme de vivencias y palabras para que no me falte nunca el cotidiano placer de escribir.

Queridos Maestros


A los antiguos y a los nuevos, a los que son tan jóvenes que me devuelven la esperanza en que un futuro mejor aún es posible, a los que ya nunca se irán porque siguen vivos en las enseñanzas que sembraron y en los libros que nos dieron.
A los primeros, a los de las aulas y los de la vida.
A los buenos, que se tiende a olvidar para dedicar tiempo a los malos.
A los conocidos. A los por conocer. A los elegidos.
A los que tengo la suerte de poder considerar mis amigos y teneros cerca. A los que admiro a distancia.
Os repaso tanto, que nada de lo que escribo me parece nuevo: nada lo es.
Sigo estudiando idiomas porque me abren ventanas al tiempo y el espacio.
Corrijo pensando en lo que me diríais, en lo que me decís.
Pruebo nuevos vinos con ojos nuevos. Disfruto de la cocina que innova con los textos clásicos que la pusieron a la lumbre. Veo películas con el sentido crítico que aprendí en los cine forum. 
Leo para comer. Veo para escribir. Escucho para catar.
Y toco todos los palos para seguir construyendo el gusto.
Por eso hoy, miércoles, mi día favorito de la semana, como todos los días del año, os doy las gracias por despertarme la curiosidad y las ganas de seguir aprendiendo.

Maestro,tra: De mérito relevante entre las de su clase. Persona que enseña una ciencia, arte u oficio, o tiene título para hacerlo. Persona que es práctica en una materia y la maneja con desenvoltura.

Su primera tortilla de patatas


Él dice que nunca la imaginó de ama de casa. Por eso le sorprendió que la primera vez que fueron juntos a su piso entrara directa a la cocina: abrió la nevera y, ni corta ni perezosa, sacó unos huevos, buscó una sartén, unas patatas y se puso a pelar y a batir mientras le mandaba (ella nunca pedía) que abriera una botella de vino y fuera poniendo un par de copas.
Ella dice que, para matar los nervios de su primera vez, no se le ocurrió otra cosa que ocupar las manos. Quién sabe de dónde le vino la loca idea de hacer una tortilla. Ella, que no sabía freír un huevo, se sentía más valiente frente al fuego del gas que al de su mirada.
Hasta entonces, cocina y amor habían sido pura teoría.
Él dice que, viéndola pelear, pensó que la amaba. 
Sí, tenía que ser amor la fiebre que le producía ese continúo pensar en ella, esa desazón de querer verla, buscarla y, con cualquier pretexto, quedarse a su lado. 
Ahora quería lanzarse al infinito y fundir sus vidas para cambiarlas.
También allí se dió cuenta de que nada sería fácil. De que ella nunca sabría seguirle por los caminos trillados.
Ella dice que no recuerda qué pasó con la tortilla (que le quedó horrorosa, por cierto). Recuerda la música que sonaba cuando despertó con un brazo dormido y el otro sobre el tan masculino latir de su pecho. Y sin querer moverse. Sin querer despegarse. 
Él recuerda su mano menuda sujetándole el corazón que se escapaba.
Y que nunca había comido una tortilla con las patatas crudas. Ni tan desestructurada. Ni tan mala.
Ellos dicen que aún se aman. Y que el amor y las tortillas salen mucho mejor con la práctica.

Distracciones

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Hace un par de años o tres tenía muy claro lo que ya no quería hacer y me dejaba llevar por el tiempo de reposo necesario para reorganizar prioridades, vocaciones y gustos. Hoy me reafirmo en los noes y los síes, sé perfectamente lo que quiero, pero confieso que me distraigo con facilidad. 
Y es que la vida se volvió rica en opciones. De repente recuperé mis apellidos y podía ver sin ser vista, escuchar, hablar sin medir las palabras, callar cuando no hay ganas de decir nada.
Y distracciones. 
El vuelo de una mosca, una peli, un libro o la llamada de un amigo. Navego por internet de una palabra a un mundo. Descubro restaurantes que están a un paso… o un poco más lejos. Me embobo con paisajes vecinos y recónditos. O me quedo en casa recorriendo los países y los siglos. 
Traduzco. Investigo, Aprendo. Enseño.
Salto provincias. Descubro vinos, los comparto, los bebo.
Y las semanas vuelan. Y las siguientes están llenas de proyectos, de citas, de ilusión y de ganas.
No tengo tiempo para tí.
Pero para vosotros sí.

Historias de playback


Dice Frank que, siguiendo con el tema de las letras de la semana pasada, las canciones nos permiten sacar el corazón por la boca y gritar lo que sentimos sin parecer gilipollas (traducción libre de lo que me ha dicho, todavía no domina bien los tacos).
Sea en la ducha, en el coche o preparando la comida, pero preferiblemente en soledad, cantamos los versos que dicen exactamente lo que sentimos, que nos traen a la memoria que no estabas entonces “cuando tanto te necesité”… y ahora me sobras. Encontramos “el calor del amor en un bar” y, ya ves, con el paso del tiempo “sin tí no soy nada”.
No es necesario que las letras sean buenas, pueden ser malas, horteras, repetitivas…pero, en un momento dado, sacan lo mejor o lo peor de nuestros recuerdos. 
¡Cuántos grupos de los que renegamos en público tarareamos en privado!
Esas voces tan hermosas que nos hacían volar la imaginación y soñar que nos susurraban sus palabras al oído.
Latidos revolucionarios, declaraciones de libertad o de principios, protestas coreadas que, visto lo visto, probablemente sirvieron para poco.
No digo yo que la respuesta sea “sólo música y amor”, pero tampoco “está en el viento” y un recorrido por las letras de nuestra vida dice mucho de “cómo hemos cambiado”… Y también lo ha hecho el mundo en el que estamos.

Volver a ser un niño

Dice Frank que le encanta esta canción de los Secretos.
Le regalé hace tiempo una recopilación de grupos que cantan en español, me gustan y a él le sirven para ir mejorando su nivel de idioma (y su comprensión de mi generación) sin demasiado esfuerzo.
Hay letras, como ésta, que van gustándonos más a medida que vivimos, que hemos vivido lo que dicen, que entendemos lo que cuentan.
Canciones que nos acompañan decada tras decada añadiendo significados nuevos, desnudando palabras ocultas, tocando fibras que se han vuelto sensibles o que antes ni siquiera estaban.
Yo, que soy más de letras que de música, sentí mucho en ese aspecto aprender inglés y que cayeran algunos de los que mitifiqué cuando no les entendía y sólo me llegaba el atractivo de su voz envuelto en mejores o peores melodías.
Me tendría que haber servido para aplicarlo a otras facetas de la vida, ver más allá de lo que parece, desvelar encantadores de serpientes.
Sin embargo la ilusión y las ganas de vivir se mantienen sólo si al mismo tiempo sobrevive una cierta inocencia, esa dosis de curiosidad que nos empuja a seguir descubriendo que aún nos queda mucho por aprender, por querer y por gozar.
Aunque nos caigamos y nos llenemos de solastrones las rodillas, merece la pena volver a ser un poco niño.